lunes, 11 de junio de 2007

La pasión de Cristo

Título original: The Passion of the Christ (Estados Unidos; 2004)
Director: Mel Gibson
Guionistas: Benedict Fitzgerald y Mel Gibson
Intérpretes: James Caviezel (Jesús), Maia Morgenstern (María), Monica Bellucci (María Magdalena)

La pasión de Cristo es una de esas películas que, después de ver, uno no entiende por qué en su momento levantaron tanta polvareda, cuando su destino serán tan solo las videotecas de los adictos al cilicio. De hecho, dudo que siquiera se atrevan a pasarla por televisión abierta para Semana Santa, ya que la sangre que se derrama en cámara podría rivalizar con el de cualquier película gore.

Cuando fue estrenada, la prensa acusó a Gibson de antisemita, ya que su película mostraba a los judíos como los principales responsables de la muerte de Jesús (algo no muy lejano a la realidad de acuerdo a los Evangelios apócrifos). Según la Liga Anti-Difamación norteamericana, el filme lo único que hace es echar leña sobre un debate histórico que podría acabar en la división entre judíos y cristianos en el mundo. Pero hasta el momento, parece que la película no ha tenido los efectos vaticinados.

La verdad es que parece que a los únicos que les importa si La pasión de Cristo es antisemita o no es a los judíos. El resto se da cuenta de que, aunque las instituciones judías son las que exigen con gritos fanáticos la crucifixión del “blasfemo”, un número no despreciable de seguidores y discípulos de Jesús (la mayoría de ellos judíos) lloran por su condena. Pero no estamos aquí para iniciar un debate histórico, sino para comentar una película de Mel Gibson. Película que podría resumirse en el simple cliché “mucho ruido y pocas nueces”.

El filme relata las últimas doce horas de vida de Jesús (interpretado por Jim Caviezel) y nos presenta con un grafismo extremo los tormentos a los cuales fue sometido: acercamientos y ralentizaciones de los flagelazos que le arrancan la carne hasta los huesos; closes-up a las heridas que provoca la corona de espinas cuando se la ensartan en la cabeza; la interminable escena de la caminata hasta el monte Gólgota; detalles y más detalles a cómo lo clavan en la cruz... Todo esto “suavizado” por varios flashbacks de las enseñanzas de Jesús a sus discípulos, de la Última Cena, de la infancia de Jesús.

El filme está muy bien logrado en el aspecto técnico: una fotografía que quita el aliento en las escenas panorámicas, una recreación histórica impecable (aunque muchos historiadores y arqueólogos reclamen sobre las vestimentas, la arquitectura y las costumbres de la época), sin contar con el esfuerzo doble que significó rodar la película en arameo y latín (aunque muchos lingüistas reclaman que ambas lenguas están pésimamente pronunciadas y que el arameo no era la lengua común de esa época).

El problema de la película no está en lo técnico, sino en el guión. Primero, Gibson no hace ninguna interpretación de la historia, por lo cual ésta se agota con la primera lectura. Segundo, los protagonistas son unidimensionales, sin matices: no hay ni un mísero intento por profundizar a un Jesús o una María que ya han pasado por el filtro de la Iglesia católica. Tercero, los "malvados" son tan malos y sádicos que llegan a ser risibles: Darth Vader da más susto. Cuarto, hay tal énfasis en la violencia que uno tiene derecho a preguntarse si el director no será un sádico.

Gibson declaró en una entrevista que su mayor deseo era “que esta historia de coraje y sacrificio extraordinarios pueda inspirar la tolerancia, el amor y el perdón”. Pero lo cierto es que viendo la película, todas las enseñanzas de Jesús se diluyen en la sangre de utilería, al punto que el espectador capaz de verla hasta el final acaba por insensibilizarse.

Lo que Gibson consigue con esto da para pensar: el espectador de la película se pone al mismo nivel que los curiosos que asistían a la crucifixión por mero morbo. Estamos al mismo nivel que los romanos que asistían al circo, o las masas revolucionarias que clamaban la cabeza de los moderados durante la Revolución Francesa. La muerte de Jesús es tan sangrienta y tan espectacular que da para convertirla en un show con luces, bombos y platillos de millones de dólares. Y convertirnos a nosotros, de paso, en un puñado de cavernícolas que se siente irremediablemente fascinado por el sufrimiento ajeno.

No hay comentarios: