domingo, 28 de octubre de 2007

Chasing Amy: cazadores de la inocencia perdida

Si alguna vez me convirtiera en cineasta, desearía ser como Kevin Smith. Smith tiene empuje: puede hacer una película de culto con un presupuesto cien veces inferior a lo que cobra un actor secundario en Hollywood, trabajando con un equipo de amigos, creando un balance asombroso entre el humor inteligente y los chistes de poto, construyendo personajes atractivos, llenos de dicotomías y, sobre todo, escribiendo algunos de los mejores diálogos de la historia del cine.

Banky dirigiéndose a una lesbiana: como te gustan las mujeres, te la pasas mirándote al espejo desnuda, ¿cierto?

Quizás Kevin Smith no tiene un gran manejo de la cámara y los planos (en escenas donde se suplica por un primer plano él insiste en usar un plano conjunto), no sabe cómo trabajar las escenas de acción (las trata como si fuesen peleas en una obra de teatro) y ama demasiado los garabatos y los chistes de sexo como para hacer una película “todo espectador” (algo esencial para triunfar en Estados Unidos). Sin embargo, Smith tiene empuje: puede hacer una película de culto con un presupuesto cien veces inferior a lo que cobra un actor secundario en Hollywood, trabajando con un equipo de amigos entre los que se cuentan actores reconocidos (Jason Lee, Matt Damon, Ben Affleck, Alan Rickman, Chris Rock, Salma Hayek e incluso Alanis Morissette), creando un balance asombroso entre el humor inteligente y el humor escatológico, construyendo personajes atractivos, llenos de dicotomías y, sobre todo, escribiendo algunos de los mejores diálogos de la historia del cine.

Holden: Tal como decía mi abuela, “el dinero de verdad está en el pene y los chistes de peo”. Era de misas todos los domingos.

Chasing Amy es quizás el trabajo más personal y más conmovedor de Smith (algo tiene que ver el que Smith tuviera una relación sentimental con la protagonista y que intentaba retratar lo que vivió en la realidad). Aquí, los chistes burdos están al servicio de una historia mucho más compleja, en la que se cruzan la amistad, el amor verdadero y las trancas sexuales. Estos elementos son la harina de cualquier comedia romántica, es cierto, y Chasing Amy se presenta como una película del género. Pero, aunque de comedia y de romántica tiene mucho, la historia no puede ser más seria. Y es que Kevin Smith parece entender que el amor, al menos el amor verdadero, es trágico, y es eso lo que nos saca risas... Si no lo estamos viviendo nosotros, claro.

Para evitar los spoilers, procederé simplemente a desmembrar el argumento y los temas del filme: un amor verdadero enfrentado a los celos del mejor amigo, la condena social y la incapacidad del protagonista para lidiar con sus propias inseguridades. Todo situado en el submundo de los escritores de cómics cruzado con la homosexualidad, el racismo y las discriminaciones al interior de este mundo. Como explica Hooper, un escritor de cómics negro y homosexual:

Hooper: Cariño, no me hables de esa mierda del “todos para uno”. Soy una minoría, de una minoría, de una minoría: nadie soporta mi culo.

Los diálogos, inteligentes y divertidos, nos hablan de una sociedad reprimida, marcada por las preguntas que no se atreve a hacerse y la hipocresía de los que no quieren ver lo que realmente pasa en su propia casa. Es por ello que Holden y Banky, unos protagonistas bastante ingenuos, quedan tan fascinados escuchando las proezas sexuales de una lesbiana que les explica que “follar” también es aplicable al sexo lésbico, o que perder la virginidad no tienen ninguna relación con el pene.

Alyssa: Déjame preguntarte algo, ¿puede un hombre follar a otro?
Banky: ¿Me estás pidiendo permiso o qué?
Alyssa: Según lo que tú crees.
Banky: Sí, claro que sí.
Alyssa: Entonces para ti follar es penetrar. Estás acostumbrado a la definición más tradicional: tú, con una chica que engrupiste, metiéndola y sacándola, sin darte cuenta de su mirada de aburrimiento.
Banky: Hey, siempre me doy cuenta de su mirada de aburrimiento.

Pero también están las preguntas sobre el amor verdadero, sobre los caminos que escogemos en la vida y el estigma que significan muchas de nuestras decisiones: el estigma de maraca, de racista, de nerd, de puta. No todos tienen la suerte de caminar por un sendero bien demarcado: la mayoría debe vagar por el campo sin rumbo fijo hasta que descubren por sus propios medios (y luego de muchos fracasos y sufrimientos) dónde está su destino, dónde desean ir en verdad.

Hay sociedades, como la estadounidense, que ven el fracaso como el peor de los destinos, como el fin de todo, y son incapaces de pensar en el fracaso como un gran aprendizaje y primer paso de un nuevo comienzo. Lo cierto es que muchos de nosotros le tenemos miedo a los que han fracasado y siguen adelante, porque tienen una experiencia y una fortaleza de espíritu que la gran mayoría, los mediocres de siempre, no tenemos. Y es esto lo que hace tan grande y tan atractivo el personaje de Alyssa (Joey Lauren Adams, quien se roba la película pese a su insoportable voz): es una mujer que ha madurado y ha ganado seguridad en sí misma a través de sus errores y, por lo tanto, no lamenta haberlos cometido.

En el otro extremo están Holden (un correcto aunque liviano Ben Affleck), nuestro enamorado de lo imposible, y Banky (interpretado por el magnífico y subvalorado Jason Lee), el otro eje del conflicto, un hombre pasivo-agresivo que nunca devela con claridad lo que piensa y cuyas maquiavélicas acciones lo convierten en una especie de antagonista. La candidez de estos amigos inseparables, criados en colegio católico, sólo es comparable a su ineptitud para lidiar con situaciones que se escapan de lo cotidiano. Son, a fin de cuentas, jóvenes inseguros, que aún no han aprendido a aceptarse como son y que cargan pesadamente el estigma de haber sido ñoños amantes del cómic.

Y bueh... Pueden imaginarse el resto. Y si no, vean la película. Y si se lo imaginan, véanla también. Quizás no sea una gran película, pero dentro de su pequeñez Chasing Amy ha conseguido superar la barrera de los diez años que convierten una pequeña película en una gran pequeña película.

El único problema es que, como todas las películas de Smith, no es fácil conseguirla. Pero si son ñoños, es más que probable que entre sus amistades haya un fan del director dispuesto a prestárselas.

Banky saca un montón de revistas pornográficas de su bolso
Holden: ¡Dios mío! ¿Quién te crees que eres? ¿El puto Larry Flynt? ¿Qué piensas hacer con todo eso?
Banky: Leer los artículos. ¿Qué crees que voy a hacer con ellas? ¡Son revistas para masturbarse, idiota!

viernes, 12 de octubre de 2007

El viento que abofetea el pastizal

Irlanda. Esa isla llena de católicos a punto de sacarse los ojos entre ellos porque no consiguen ponerse de acuerdo sobre cómo expulsar a los británicos: si a patadas en el culo o por un decreto supremo. Esa isla llena de *pobres* e *inocentes* campesinos que viven bajo el yugo de los *crueles* y *despiadados* británicos. Este es, en líneas muy groseras, el argumento de la, a mi parecer, sobrevalorada película de Ken Loach El viento que acaricia el prado, o The Wind That Shakes the Barley, un título que se acomoda más a la crudeza de la historia.

Seguramente me ganaré más de una pifia por ariscar la nariz con una película que ganó la Palma de Oro en Cannes, que fue alabada por la crítica británica y fue nominada a dos premios en la tierra de Churchill. Y sin embargo ya resulta sospechoso que una película que trata sobre la opresión británica sobre su isla vecina haya sido tan bien recibida por los mismos que, apenas ochenta y tantos años antes, mataban a esos "bloody irishs" por no querer decir su nombre en inglés.

Lo que me pateó de entrada fue ver a los británicos como un remedo de nazis en película de Spielberg. Es decir, malos malosos, soldados que, como orcos de Sauron, matan irlandeses porque se les viene en gana y se comen las uñas de sus prisioneros al desayuno. Me parece que ya estamos bastante grandecitos como para que nos puedan engrupir con el cuento de la rebelión contra el malvado Imperio. Eso queda bien en una película de Lucas, pero no en un relato que tiene sustento histórico.

Lo otro que me molestó fue la decisión del director por dejar de lado los personajes (que se muestran como simples arquetipos del conflicto irlandés-británico) en beneficio de un retrato más o menos acabado de las consecuencias políticas y sociales que tuvo en Irlanda la aceptación del "tratado de paz" con Inglaterra. Las consecuencias subsisten hasta hoy: una Irlanda dividida entre norte y sur, sometida al poder de la corona británica, herida por el terrorismo y los fanatismos político-religiosos.

Sin embargo, incluso estos interesantes conflictos se tratan en la película de un modo más bien anecdóctico con un niño hambriento por acá, una discusión política por acá, y el enfrentamiento entre dos hermanos que, aunque se aman, deben luchar a muerte entre ellos porque uno es del IRA y el otro el equivalente irlandés de la Concertación. Pero cuando termina la película, no pude ni sentir lástima por la historia de los personajes (nunca llegué a conocerlos lo suficiente como para quererlos o sentirme identificado con su conflicto), ni obtener un retrato bien perfilado del conflicto irlandés. Además, teniendo en cuenta lo caricaturescamente "malvados" que aparecen los británicos, uno tiene todo el derecho del mundo a sospechar que los irlandeses no son simplemente un bondadoso pueblo oprimido que ha tenido que llegar al extremo de recurrir a las armas para expulsar a sus invasores.

Pero como no todo puede ser malo, debo rescatar un par de cosas que sí me impresionaron de la película.

Primero, su fotografía, sobre todo en los momentos en que captaba la majestuosidad del paisaje irlandés: esas colinas pedregosas cubiertas de arbustos chatos incapaces de convertirse en bosques a causa del viento que acaricia el prado (más que caricia debe ser una bofetada).

Segundo, hay momentos de la película que están maravillosamente logrados, gracias a su intensidad dramática como al manejo de la tensión. Una de ellas es, por ejemplo, la escena en que nuestro protagonista se ve obligado a matar a su amigo de infancia porque ha "traicionado" la causa del IRA. Además del momento mismo, está el relato que el protagonista hace de cuando guía a la madre de su amigo a la tumba del muchacho -momento que se conecta con el final de la película, cerrando el bucle-.
Tercero, la película deja un cierto deseo por conocer más sobre la historia de Irlanda e informarse de los procesos y tormentos que ha vivido la isla de los Leprechauns. Es decir, despierta en el espectador el interés por conocer una historia que no nos es demasiado ajena: un proceso similar se vivió en el Chile de fines de la década de 1980 y comienzos de 1990, cuando los grupos revolucionarios se vieron aplastados por los institucionalistas, que sacaron al dictador jugando bajo sus reglas, lo que ligó a la Concertación a entregar un sinnúmero de vergonzosas concesiones y amnistías.

Pese a lo anterior, la película fue incapaz de convencerme -aunque por todos lados me presionan para que reconozca lo "buena" que es- y todavía me pregunto cuál es la pieza que no encaja del todo en una producción que parece tan bien lograda.

viernes, 20 de julio de 2007

"La lengua de las mariposas" o el fusilamiento posmoderno


La lengua de las mariposas es una de esas películas que, a los minutos de empezar a verla, el espectador ya sabe que la historia no puede terminar bien. El pueblito de Galicia donde se ambienta es demasiado bucólico; su protagonista demasiado inocente; el maestro demasiado idealista; y el contexto histórico es una bomba de tiempo: la España de los años 1930, con la guerra civil a punto de estallar.

Es cierto, el espectador puede olfatear el final trágico porque la película cumple con todos los requisitos dramáticos para desembocar en él. Pero más importante que esto, el desenlace está marcado por el idealismo de don Gregorio, el maestro de Moncho.

Don Gregorio es demasiado viejo, demasiado republicano, demasiado liberal, demasiado ateo, demasiado inteligente, demasiado amable, demasiado empático para continuar con vida, ni en la película ni en el mundo real. Frases como “la libertad estimula el espíritu de los hombres fuertes”; “en los libros podemos refugiar nuestros sueños para que no se mueran de frío”; o “si logramos que una sola generación crezca libre en España, ya nadie podrá robarles su libertad” sellan la cita del maestro con el pelotón de fusilamiento.

En la antigua Grecia, lo habrían obligado a beber cicuta. En el siglo V d.C., los cristianos lo habrían desollado con caracolas afiladas. En el siglo XV, la Inquisición lo habría quemado en la hoguera. Los colonos norteamericanos del siglo XVIII quizás lo habrían linchado. Los bolcheviques lo habrían mandado a Siberia, los nazis a un campo de concentración y la CNI lo habría ejecutado antes de que saliera de su casa para ir al colegio.

¿Por qué?

Porque no hay nada más peligroso que un maestro que enseña a sus alumnos a pensar. Seamos serios. Nadie, ni siquiera los ideólogos de la reforma educacional o los impávidos defensores del modelo cognitivo, espera forjar una generación de jóvenes con un pensamiento crítico. Al menos no demasiado. Un joven que piensa y reflexiona sobre cada aspecto de su mundo es la semilla de un adulto con la capacidad para destruir cada una de las pequeñas injusticias que conforman nuestro imperfecto, pero al menos estable mundo: el sistema educativo, el sistema de gobierno, los modos de producción, la distribución de la riqueza, la enemistad entre hermanos... El ser humano, sin importar lo que digan las encuestas, es un animal de costumbres, un ser naturalmente conservador. Toda alteración de su modo de vida lo aterroriza. Incluso los que nada poseen tienen, potencialmente, mucho que perder si cambia el mundo. Si somos incapaces de predecir el colapso económico y social que significaría el agotamiento de las reservas de petróleo, ¿cómo podemos imaginar siquiera lo que significaría cambiar el sistema político? ¿O abolir las clases sociales? No creo conocer mucha gente que estaría dispuesta a arriesgarse: como bien dice el dicho, “más vale diablo conocido que diablo por conocer”. Por todas estas razones, el personaje de don Gregorio está condenado desde el inicio de la película. Un profesor así no debe existir ni en esa historia, ni en ningún otro momento de la civilización humana. Es cierto que, en principio, un personaje como él sólo sería un tipo pintoresco, algo repulsivo para sus pares, pero inofensivo. Después de todo, pertenece a una minoría que poco puede influir en el mundo. De hecho, es muy probable que sus alumnos retornen al buen camino en cuanto se alejen de su mala influencia. Pero también es cierto que la sociedad no pueda descuidarse: el aleteo de una mariposa en Australia puede provocar un huracán en Japón. Por esto, se debe neutralizar ese elemento potencialmente peligroso cuanto antes. Antes se les mataba. Ahora somos civilizados: se les jubila anticipadamente, se les implica en un caso judicial del que es inocente (como una falsa denuncia por pedofilia), se le ponen grandes trabas para ingresar a trabajar, se le desacredita ante la comunidad de profesores... Así, no nos mancharemos las manos con sangre: basta con dejar que se muera de hambre, de resentimiento y soledad.

viernes, 13 de julio de 2007

¿Y si George Lucas hubiese dirigido El Señor de los Anillos?

Un mal día, mientras veía extasiado el making of de El Señor de los Anillos se me ocurrió esa apocalíptica idea. ¿Qué habría pasado si una copia de la obra de Tolkien hubiese caído en manos del estafador de la galaxia muy, muy lejana?

¿Se lo imaginan utilizando los millones de dólares que le hemos metido en el bolsillo comprando figuritas, tazones, stickers, maquetas, miniaturas y películas originales para llevar al cine la Guerra del Anillo? Pues yo sí puedo, y me da mucho susto. Agradezco infinitamente que el ñoño de Peter Jackson (y uso aquí "ñoño" como un halago) haya tomado la iniciativa y rodara esa magnífica trilogía que todavía me emociona cada vez que la veo.
Me extraña que a Lucas no se le haya ocurrido la idea. O qu
e por lo menos no se lo propusiera a su buen amigo Spielberg. Después de todo, El Señor de los Anillos tiene todos los elementos que hicieron exitosa a La guerra de las galaxias: la lucha del bien contra el mal, algunos villanos de antología, la gesta heroica que busca destruir el artefacto maligno (ya sea un anillo o una estrella mortal), el personaje místico en busca de su herencia (Aragorn-Luke), los personajes cómicos, princesas, batallas épicas y todo lo demás. Quizás simplemente Lucas no creyó posible llevar a la pantalla una obra de 1.200 páginas, cargadas de personajes y situaciones que no tienen ninguna relación con la trama principal, con un idioma inventado, nombres impronunciables... Demasiado complejo para su mente californiana.
Aún así, la idea da para especular. Si Lucas hubiese sido el director de El Señor de los Anillos, Frodo habría sido interpretado por Warwick Davis (el de la película Willow, que ya era una especie de Señor de los Anillos versión Disney) y habría sido un aprendiz de hechicero bajo la tutela de Gandalf. Sin embargo, Gandalf habría renunciado rápido al entrenamiento de hechicero de Frodo para dedicarse mejor a Aragorn, quien tiene una mayor concentración de midicloreans... Perdón, de sangre real y por lo tanto de poderes especiales. En la posada de Bree habría habido algunos goblins tocando flauta y saxo. Antes de conocer a los hobbits, Aragorn habría matado a un hombre lagarto cazarrecompensas (no hay que olvidar que la cabeza de Aragorn tiene precio, porque le debe una buena cantidad de monedas de oro a Saruman). Los jinetes oscuros tendrían telekinesis y podrían controlar la mente de los humanos. Los orcos usarían armaduras blancas con cascos ridículos que les limitarían la visión periférica. La pelea de Gandalf y Saruman sería... bueno, igual a la de la película. Aragorn sería convertido en piedra por un basilisco, quien lo vendería a Saruman y exhibiría su estatua en la torre de Orthanc. Por su parte, Arwen se disfrazaría de bailarina árabe para seducir al brujo e intentar el rescate. Gimli sería más peludo y hablaría con gruñidos, Gollum sería algo muy cercano a un ewok tiñoso (pelado, cubierto de llagas, con los ojos aún más grandes y los dientes amarillos) y en la batalla final, Aragorn y los personajes con nombre en los créditos entrarían a la torre de Barad-dûr para destruir el generador... Digo, el pilar principal, el soporte de toda la torre.
Ah, y no se nos puede olvidar que Aragorn es en realidad el hijo perdido de Sauron, ya que Sauron antes era un hechicero del bien pero se dejó corromper por el mal y abandonó a la mujer que amaba. Y cuando Sauron se convirtió en señor oscuro, lloró
por última vez gritando el nombre de su mujer: "¡Nooooooo! ¡Padmeeeee!, digo, ¡Gilraen!" (porque como todos saben, Sauron es en realidad Arathorn corrompido por el Lado Oscuro de la magia).
Y bien, ya es suficiente jugo por hoy. Les dejo el espacio abierto para que especulen sobre los posibles efectos que habría tenido la dirección de George Lucas en la filmación de El Señor de los Anillos. Disfrútenlo.

jueves, 28 de junio de 2007

El amanecer de los muertos (2004)

¡Zombis!
Desde que George Romero inventara el género de películas de zombis, allá por 1968, que numerosos directores han visitado y revisitado la fascinante premisa de que los muertos salen de sus tumbas para comerse a los vivos. Desde el videoclip Thriller, de Michael Jackson, el emblemático Peter Jackson y su notable Braindead, hasta este espeluznante remake de Zack Snyder, son incontables los que se han atrevido a llenar la pantalla grande de cadáveres andantes, cuerpos descuartizados, chicas aterrorizadas y centenares de metros cúbicos de sangre de utilería.

Debo confesarlo: soy un adicto al género. Tengo fascinación por los cadáveres y la idea de que su despertar acabe por destruir a la patética raza humana, tan egocéntrica, tan pedante. Quizás debí haber sido médico forense... o terrorista. Pero tenía que complacer a la familia y bueno... Creo que no me habría dado el puntaje de la P.A.A.
La verdad es poco lo que pueda decir del Amanecer de los muertos de Snyder que no se haya dicho ya. Quizás compartir algunas trivialidades, como que George Romero quedó impresionado con el remake, o que hay algunos actores de la versión original que tienen papeles secundarios en la versión del 2004. Pero todas esas tonterías las pueden revisar yendo al imdb.com, así es que no vale la pena alargarme en eso.
Sí me gustaría ahondar en mis impresiones sobre películas de zombis. ¿Se han imaginado qué harían si los muertos salen de sus tumbas? Bueno, yo sí. De hecho, me he dado cuenta que con todas las rejas, muros y alambradas eléctricas que hay en Santiago, sería muy fácil para nosotros atrincherarnos y matar zombis a través de las rejas. La verdad, creo que la infección no se transmitiría tan fácilmente en Santiago como lo haría en países como Canadá o Estados Unidos, donde la gente no tiene rejas en los jardines y ventanas (alguna ventaja que tenga ser tan paranoicos).
Lo otro que me imaginaba, sobre todo después de ver la última película de Romero, Tierra de los muertos (la cuarta parte de su saga), es que resulta interesante pensar que los zombis son una especie de involución de la especie humana. Pero, pensándolo en términos ecológicos, sería una involución positiva para el planeta: si los seres humanos se convierten en zombis sin cerebro (o con una inteligencia muy rudimentaria, como se muestra en Tierra de los muertos) le estaríamos haciendo un gran favor a los animales y bosques amenazados por la industria. Quizás incluso se reduciría el impacto del calentamiento global. Lo único que quedaría de nosotros serían los vestigios de nuestra "avanzadísima" civilización, justo en el momento en que estábamos a punto de autodestruirnos. De nosotros, sólo quedarían estas caricaturas putrefactas que se mueven sin necesidad de comer ni bombear sangre. Unas marionetas que se regirían por el sustrato más reptiliano de nuestro cerebro.
Pensaba esto y me imaginaba... ¿Qué tal si los seres humanos somos la involución de un ser superior, al que desplazamos hace centenares de miles de años? Quizás la Tierra estaba habitada por alguna especie de semidioses, o al menos humanoides angelicales, con un intelecto y un poder espiritual mucho mayor al que tenemos nosotros. Quizás esos seres angelicales fueron "infectados" por un virus degenerativo que los privó de gran parte de su inteligencia y su espiritualidad, convirtiéndolos en caricaturas deformes de su esencia semidivina: nosotros, los humanos. Quizás ellos también combatieron contra nosotros e intentaron destruirnos, pero finalmente nos impusimos. No por nuestra superioridad, sino por nuestro número. Los infectamos a todos y finalmente dominamos el planeta.
O quizás simplemente estoy desvariando de lo lindo. Pero qué importa. En ninguna parte de los términos de uso decía que estaba obligado a decir cosas coherentes, ¿cierto?
En fin, ¡vivan las películas de zombis! ¡Viva George Romero y sus discípulos! Ah, escuché por ahí que están haciendo un remake de El día de los muertos... me muero por verlo.

lunes, 11 de junio de 2007

Jinete de ballenas

Título original: Whale Rider (Nueva Zelanda, Alemania; 2002)
Directora: Niki Caro
Guionistas: Niki Caro, basada en la novela de Witi Ihimaera
Intérpretes: Keisha Castle-Hughes (Paikea), Rawiri Paratene (Koro), Cliff Curtis (Porourangi)



Jinete de ballenas es una pequeña película neozelandesa que, desgraciadamente, pasó sin pena ni gloria por las salas de cine. Su historia se centra en un pequeño pueblo maorí (los habitantes originarios de Nueva Zelanda) y en su lucha por mantener sus tradiciones y creencias en un mundo que se abre a la modernidad y la globalización.

Estamos en un pequeño poblado costero maorí. Según sus tradiciones, ellos son descendientes de Paikea, el Jinete de Ballenas que llevó su pueblo hasta esas costas. Y cada generación, un varón descendiente directo de Paikea debe suceder a su mayor como líder del pueblo. Pero un día, la continuidad de la línea se ve amenazada: el hijo mayor del jefe, Porourangi, a punto de ser padre de mellizos, pierde a su esposa a su hijo varón en el parto. Destrozado, Porourangi se va de la isla a recorrer el mundo, dejando a su única hija, Paikea, al cuidado de sus abuelos.

Cuando Paikea alcanza los doce años empieza a despertar en ella el deseo de enfrentar el entrenamiento y las pruebas que la convertirían en líder del pueblo. Sin embargo, Koro (el abuelo), apegado a las tradiciones que exigen la masculinidad del jefe, se muestra cada vez más frío con su nieta y empieza a hacerla sentir culpable de la ruptura de la línea. La película nos hablará de la lucha entre la niña (quien pide cariño con desesperación) y el abuelo (incapaz de demostrar afecto) y las hazañas que deberá realizar Paikea para demostrar su valor, como mujer y como descendiente del primer Jinete.

Quizás uno de los mayores logros de la directora haya sido el ser capaz de transmitir esa sensación de tristeza y soledad en que vive la pequeña Paikea (maravillosa interpretación de la novata Keisha Castle-Hughes). La mayor parte del reparto son actores primerizos, y sin embargo se consigue crear una atmósfera creíble y fascinarnos con el pueblo maorí y su extraño, y al mismo tiempo tan familiar estilo de vida. Todo pintado con una sensibilidad y un amor por el mar que sólo una mujer descendiente maorí podría entregar.

La pasión de Cristo

Título original: The Passion of the Christ (Estados Unidos; 2004)
Director: Mel Gibson
Guionistas: Benedict Fitzgerald y Mel Gibson
Intérpretes: James Caviezel (Jesús), Maia Morgenstern (María), Monica Bellucci (María Magdalena)

La pasión de Cristo es una de esas películas que, después de ver, uno no entiende por qué en su momento levantaron tanta polvareda, cuando su destino serán tan solo las videotecas de los adictos al cilicio. De hecho, dudo que siquiera se atrevan a pasarla por televisión abierta para Semana Santa, ya que la sangre que se derrama en cámara podría rivalizar con el de cualquier película gore.

Cuando fue estrenada, la prensa acusó a Gibson de antisemita, ya que su película mostraba a los judíos como los principales responsables de la muerte de Jesús (algo no muy lejano a la realidad de acuerdo a los Evangelios apócrifos). Según la Liga Anti-Difamación norteamericana, el filme lo único que hace es echar leña sobre un debate histórico que podría acabar en la división entre judíos y cristianos en el mundo. Pero hasta el momento, parece que la película no ha tenido los efectos vaticinados.

La verdad es que parece que a los únicos que les importa si La pasión de Cristo es antisemita o no es a los judíos. El resto se da cuenta de que, aunque las instituciones judías son las que exigen con gritos fanáticos la crucifixión del “blasfemo”, un número no despreciable de seguidores y discípulos de Jesús (la mayoría de ellos judíos) lloran por su condena. Pero no estamos aquí para iniciar un debate histórico, sino para comentar una película de Mel Gibson. Película que podría resumirse en el simple cliché “mucho ruido y pocas nueces”.

El filme relata las últimas doce horas de vida de Jesús (interpretado por Jim Caviezel) y nos presenta con un grafismo extremo los tormentos a los cuales fue sometido: acercamientos y ralentizaciones de los flagelazos que le arrancan la carne hasta los huesos; closes-up a las heridas que provoca la corona de espinas cuando se la ensartan en la cabeza; la interminable escena de la caminata hasta el monte Gólgota; detalles y más detalles a cómo lo clavan en la cruz... Todo esto “suavizado” por varios flashbacks de las enseñanzas de Jesús a sus discípulos, de la Última Cena, de la infancia de Jesús.

El filme está muy bien logrado en el aspecto técnico: una fotografía que quita el aliento en las escenas panorámicas, una recreación histórica impecable (aunque muchos historiadores y arqueólogos reclamen sobre las vestimentas, la arquitectura y las costumbres de la época), sin contar con el esfuerzo doble que significó rodar la película en arameo y latín (aunque muchos lingüistas reclaman que ambas lenguas están pésimamente pronunciadas y que el arameo no era la lengua común de esa época).

El problema de la película no está en lo técnico, sino en el guión. Primero, Gibson no hace ninguna interpretación de la historia, por lo cual ésta se agota con la primera lectura. Segundo, los protagonistas son unidimensionales, sin matices: no hay ni un mísero intento por profundizar a un Jesús o una María que ya han pasado por el filtro de la Iglesia católica. Tercero, los "malvados" son tan malos y sádicos que llegan a ser risibles: Darth Vader da más susto. Cuarto, hay tal énfasis en la violencia que uno tiene derecho a preguntarse si el director no será un sádico.

Gibson declaró en una entrevista que su mayor deseo era “que esta historia de coraje y sacrificio extraordinarios pueda inspirar la tolerancia, el amor y el perdón”. Pero lo cierto es que viendo la película, todas las enseñanzas de Jesús se diluyen en la sangre de utilería, al punto que el espectador capaz de verla hasta el final acaba por insensibilizarse.

Lo que Gibson consigue con esto da para pensar: el espectador de la película se pone al mismo nivel que los curiosos que asistían a la crucifixión por mero morbo. Estamos al mismo nivel que los romanos que asistían al circo, o las masas revolucionarias que clamaban la cabeza de los moderados durante la Revolución Francesa. La muerte de Jesús es tan sangrienta y tan espectacular que da para convertirla en un show con luces, bombos y platillos de millones de dólares. Y convertirnos a nosotros, de paso, en un puñado de cavernícolas que se siente irremediablemente fascinado por el sufrimiento ajeno.

miércoles, 6 de junio de 2007

El quinteto de la muerte

Título original: The Ladykillers (Estados Unidos; 2004)
Directores: Ethan y Joel Coen
Guionistas: Ethan y Joel Coen, basado en el guión original de William Rose
Intérpretes: Tom Hanks (prof. G.H. Dorr), Irma P. Hall (Marva Munson), J.K. Simmons (Garth Pancake)

El quinteto de la muerte
es una película menor dentro de la potente filmografía de los hermanos Coen, quienes han dejado boquiabiertos a los cinéfilos con obras tan inclasificables como Fargo, El gran Lebowski o El hombre que nunca estuvo. El quinteto de la muerte (un remake de una película de los años '50, The Ladykillers) se desvía ligeramente de la línea de los Coen: en vez de una comedia ácida con tintes trágicos, lo que tenemos es una comedia más "políticamente correcta", más cercana a Hollywood de lo que habitualmente están estos autores.

En la película se nos presenta la historia de un grupo de excéntricos criminales liderados por un doctor en filosofía (Tom Hanks luciendo sus capacidades histriónicas) que busca vaciar la bóveda del casino de un pueblo olvidado en Mississipi. Para ello, el profesor Dorr (Hanks) se consigue una habitación en la casa de una adorable viuda de color (negro) y con ayuda de su grupo de maleantes, que se hace pasar por una banda de música renacentista, empiezan a excavar un túnel que unirá la casa con la bóveda del casino. Hasta allí, todo parece ir bien. El problema es que la Ley de Murphy empieza a jugar en contra de nuestros protagonistas, quienes se verán envueltos en más de un lío causado por la estupidez, la codicia, el apuro, o simplemente la acción divina.

El juego de los personajes y las situaciones está bien llevado, y le permite a los Coen desplegar su arsenal de sarcasmos y humor negro. Nada más entretenido que burlarse de la aburridísima vida de un bucólico pueblo gringo. Sin embargo, el humor de la película se va más por el chiste fácil (y a veces evidente), lo que resta mérito a cineastas ya consagrados como los Coen. No significa que El quinteto de la muerte esté mal lograda. Por el contrario, alcanza momentos notables y consigue sacarnos carcajadas, algo que no consiguen las comedias norteamericanas del montón. Pero no le llega a los talones a otras obras de los Coen, como El gran Lebowski.

El quinteto de la muerte es, en suma una comedia de situaciones bien lograda, con buenas actuaciones y una ironía bien dosificada para evitar discusiones con la producción (no hay que olvidar que esta película fue financiada por Buena Vista, filial de la Disney). En suma, una obra que enganchará más a los que nunca hayan oído hablar de los Coen que a sus seguidores.

Kurosawa para principiantes

Akira Kurosawa es sin duda uno de los directores más importantes de la historia del cine. Su obra no sólo guarda un carácter universal, una riqueza estética y emocional que sobrepasa la prueba del tiempo, sino que además ha influido en gran parte de las posteriores generaciones de cineastas… sobre todo en occidente. Nombres como Francis Ford Coppola, George Lucas o Steven Spielberg reconocen abiertamente la deuda que tienen con el maestro japonés.

El cineasta japonés nació en Tokyo, en 1910. Descendiente directo de una familia de samurais (lo que explica su fascinación por este tema), Kurosawa estudió arte y llegó a ser un reconocido pintor. Años después, se aburrió de su autoexigencia en la pintura y sintió curiosidad por el cine. En 1936 consiguió entrar a trabajar como ayudante de director para Kajiro Yamamoto, y empezó a escribir guiones. Fue en plena Guerra Mundial, en 1943, cuando rodó su primer filme: Sugata Sanshiro (La leyenda del Gran Judo). Luego empezó con una ola de trabajos, algunos exitosos, otros no. Pero su carrera daría un salto cuando una de sus obras más grandes, Rashomon, llegara al Festival de Venecia (sin que el director lo supiera) y ganara el León de Oro. Rashomon también ganaría en 1951 el Óscar a la Mejor Película Extranjera, hito que llevaría a Kurosawa a convertirse en el realizador japonés que más ha influido el cine occidental.

Lo curioso es que en su tierra, Kurosawa despertaba sólo aplausos fríos. Fue acusado de reaccionario, sentimentalista y “poco japonés”, tanto por sus temas como por su forma de hacer cine, más cercana a occidente. El mero hecho de que Kurosawa adaptara obras clásicas de la literatura occidental (Dostoievski y Shakespeare entre otros) y mezclara la música de ambas culturas (basta recordar esa adaptación de el "Bolero" de Ravel presente en Rashomon) para que sus obras fuesen consideradas una aberración. Al otro lado del mundo la percepción era radicalmente distinta: Kurosawa era visto como el cineasta que acercó la cultura nipona a occidente.

Al éxito de Rashomon le siguen Vivir (1952), considerada la mejor película del autor, Los siete samurais (1954) y Trono de sangre (1957), inspirada en el Mac Beth de Shakespeare. Su filmografía es muchísimo más amplia, por supuesto, pero resulta impensable transcribirla en su totalidad.

Tras sufrir varias decepciones profesionales en Hollywood y perder el financiamiento para muchos proyectos, Kurosawa pasó por una grave crisis emocional: en 1971, intentó suicidarse cortándose las venas de las muñecas y el cuello. Pero luego del inesperado éxito de Dersu Uzala (1975), que se llevó otro Óscar a la Mejor Película extranjera, Kurosawa empieza a recobrarse. El cineasta sigue filmando gracias a la ayuda financiera de Ford Coppola y Lucas. Así ven la luz obras como Kagemusha (1980, ganadora en Cannes), Ran (1985) y Sueños (1990).

Kurosawa falleció en septiembre de 1998, a los 88 años. Centenares de admiradores se agolparon en las lluviosas calles de Tokyo para rendirle tributo. Pero se trataba de un homenaje póstumo para un compatriota al que nunca entendieron.

martes, 5 de junio de 2007

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

Título original: Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Estados Unidos; 2004)
Director: Michel Gondry
Guionista: Charlie Kaufman, Michel Gondry, Pierre Bismuth
Intérpretes: Jim Carrey (Joel Barrish), Kate Winslet (Clementine Kruczynski), Tom Wilkinson (dr. Howard Mierzwiak)

El guionista Charlie Kaufman (responsable de historias tan extrañas e interesantes como ¿Quieres ser John Malkovich? o El ladrón de orquídeas, ambas dirigidas por Spike Jonze) ya ha demostrado en más de una ocasión que es un escritor inteligente e ingenioso, con talento para generar historias verdaderamente originales, capaces de encantar por su genial introspectiva psicológica y su particular humor negro.

De la intrincada y laberíntica cabeza de Kaufman nació la idea del filme Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, dirigida por el francés Michel Gondry (responsable de varios videoclips de Chemichal Brothers). Esta película combina los aspectos clásicos de la comedia romántica con la ciencia ficción surrealista, el drama y la introspección psicológica. Y además profundizando un tema que ya había sido planteado por Memento, de Christopher Nolan: ¿puede un ser humano seguir viviendo sin sus recuerdos? ¿Qué somos sin ellos?

Eterno resplandor... centra su atención en una pareja: la excéntrica Clementine (Kate Winslet) y el parco Joel (Jim Carrey). Aunque han vivido maravillosos momentos juntos, como toda pareja viven también hirientes peleas. Pero luego de una discusión particularmente dolorosa, Clementine decide romper la relación para siempre y decide acudir a Lacuna Inc., una clínica que realiza tratamientos especiales para borrar de la memoria los recuerdos dolorosos, con lo cual "se puede empezar desde cero". Cuando Joel se entera de esto, destruido, acude a la misma clínica a solicitar que realicen el mismo tratamiento con él. Pero mientras está en pleno proceso, inconsciente y atrapado en sus memorias, se da cuenta de todo lo que está perdiendo e intenta salvar sus recuerdos con Clementine, escapando (oníricamente) de las máquinas que le fríen puntos selectos del cerebro.

De ahí, la historia se convierte en una especie de película de persecución surrealista, en la que el personaje entremezcla recuerdos y situaciones, y comprende con desesperada impotencia lo importante que son sus recuerdos, sin importar lo dolorosos que sean. La narración es de un estilo admirable: fragmentada, llena de saltos temporales y muchas vueltas de tuerca que refuerzan el talento de Gondry y de Kaufman, quien no sólo escribió el guión, sino también el storyboard. Las actuaciones son de primer nivel, como corresponde a un elenco como ese (Tom Wilkinson, Kirsten Dunst. Mark Ruffalo y Elijah Wood), con lo cual se configura una de esas películas que se hacen grandes por lo originales e ingeniosas, y si se quiere usar el adjetivo, bizarras.

Esplendor americano (American Splendor)

Título original: American Splendor (Estados Unidos; 2003)
Directores: Shari Springer Berman, Robert Pulcini
Guionistas: Shari Springer Berman, Robert Pulcini, basado en los cómics de Harvey Pekar
Intérpretes: Paul Giamatti (Harvey Pekar), Hope Davis (Joyce Brabner), Harvey Pekar (él mismo)

Escuchar el título del filme Esplendor americano evoca demasiadas ideas patrioteras como para poder creer que realmente habla del “esplendor” del imperio. Los más suspicaces captan de inmediato que se trata de la ironía de un desencantado, alguien que está lejos del prototipo caucásico, buena pinta, atlético, y si no adinerado, al menos sin graves problemas de dinero que nos vende la publicidad, los programas de TV, las películas y los cómics de superhéroes (algo así como un Clark Kent, un Capitán América o un Harrison Ford). Pues para poder criticar el sistema se necesita estar en esa tenue frontera que divide los “exitosos” de los marginados. O más bien entre los engatusados y los resentidos.

Pues bien, Harvey Pekar, tanto el personaje real como el de ficción ha vivido siempre en ese límite. Y la película de Shari Springer Berman y Robert Pulcini sobre la vida de Pekar nos otorga una mirada fresca y distinta del extraño mundo norteamericano. Esplendor americano (basada en los cómics del mismo nombre) fija su atención en aquellos hombres y mujeres que por su ocupación, carácter y aspecto pasan completamente desapercibidos. Personajes en el límite del autismo, demasiado introvertidos y solitarios para ser considerados “normales”, pero demasiado inofensivos y no lo suficientemente locos para convertirse en casos clínicos. En Estados Unidos se acuñó un término para designar a estos personajes: freak, que viene a significar algo así como “bizarro”, alguien más cercano a lo alienígena que a lo terrestre.

Esplendor americano habla de ese submundo de los freaks: los fanáticos de los cómics, los rayados con los discos de vinilo, los coleccionistas de cualquier cosa. Esos ñoños tan extraños que nunca tuvieron una relación sentimental o forjaron una familia… y cuando la tienen fracasa estrepitosamente. Harvey Pekar es uno de ellos, una de esas personas con una vida y un trabajo tan aburridos que ni su esposa lo pudo soportar. Demasiado inseguro de sí mismo para pensar en tener hijos (eso sin contar con que se hizo la vasectomía) y sin ningún otro talento que la capacidad de burlarse de su propia vida, Pekar sólo teme irse de este mundo sin dejar más legado que su nombre en la carpeta de decesos del hospital donde trabaja como archivista.

Hasta que un día, impulsado por su propio pesimismo, decide ponerse a escribir los guiones de un cómic sobre su propia y patética vida. Sus pequeñas batallas cotidianas con la mala suerte, sus reflexiones sobre cómo escoger la caja en el supermercado, conversaciones sobre la trascendencia de la película
La venganza de los nerds… En fin, nada de superhéroes pintosos contra monstruos del espacio, ni historias cebolleras sobre personajes que superan la pobreza y la miseria para salir adelante y convertirse en íconos del sueño americano. Un amigo suyo que ya trabajaba en Nueva York ilustrando cómics le ayuda con los dibujos y los contactos y al poco tiempo Pekar se convierte en un pequeño personaje de culto, un hombre que consiguió trascender convirtiéndose a sí mismo en héroe de cómics.

El filme, que hace a la vez de ficción y de documental (mostrando varias veces al verdadero Pekar que habla de sí mismo, de la película que se está viendo e incluso del actor que lo interpreta) es conducido por los distintos niveles de realidad que existen en la historia. Es decir, habla de la vida de Pekar, de la vida que recrea en sus cómics y de la vida que se recrea en la película, haciendo explícito al espectador que todo eso no es más que un espectáculo, una dramatización inspirada en hechos verídicos, pero manipuladas y editadas para encajar tanto en el séptimo como en el noveno arte.

Lo que convierte a Pekar en un personaje admirable es que no cae en el juego del exitismo. No se cree vedette, no tiene muchos autos ni departamento en las dos costas de Estados Unidos. De hecho, Pekar trabajó como archivista hasta que se jubiló, y aunque actualmente no tiene problemas de dinero, no anda demostrándolo. Se trata de un personaje que consigue mantener su equilibrio gracias a su pesimismo y su capacidad de autocrítica. E insiste hasta el final que aunque le ha ido bien, nadie crea que la suya es una historia feliz, porque la vida es cruel y, como reza la ley de Murphy, si algo puede fallar, fallará. Pero lo que le queda al espectador es más bien otra sensación: la vida es demasiado absurda como para tomársela en serio. La publicidad es una mala broma. El cine, una ficción de lo más mona. La moral, una buena excusa para tener una doble vida. Finalmente, lo único que queda es el ser humano al desnudo: la criatura más patética e inútil de todo el reino animal. Y debiéramos estar orgullosos de eso.

El amanecer de los muertos

Título original: Dawn of the Dead (Estados Unidos; 2004)
Director: Zack Snyder
Guionista: James Gunn, basado en el guión original de George Romero
Intérpretes: Sarah Polley (Ana), Ving Rhames (Kenneth), Jake Weber (Michael)

¡Zombis!
Desde que George Romero inventara el género de películas de zombis, allá por 1968, que numerosos directores han visitado y revisitado la fascinante premisa de que los muertos salen de sus tumbas para comerse a los vivos. Desde el videoclip Thriller, de Michael Jackson, el emblemático Peter Jackson y su notable Braindead, hasta este espeluznante remake de Zack Snyder, son incontables los que se han atrevido a llenar la pantalla grande de cadáveres andantes, cuerpos descuartizados, chicas aterrorizadas y centenares de metros cúbicos de sangre de utilería.
Debo confesarlo: soy un adicto al género. Tengo fascinación por los cadáveres y la idea de que su despertar acabe por destruir a la patética raza humana, tan egocéntrica, tan pedante. Quizás debí haber sido médico forense... o terrorista. Pero tenía que complacer a la familia y bueno... Creo que no me habría dado el puntaje de la P.A.A.
La verdad es poco lo que pueda decir del Amanecer de los muertos de Snyder que no se haya dicho ya. Quizás compartir algunas trivialidades, como que George Romero quedó impresionado con el remake, o que hay algunos actores de la versión original que tienen papeles secundarios en la versión del 2004. Pero todas esas tonterías las pueden revisar yendo al imdb.com, así es que no vale la pena alargarme en eso.
Sí me gustaría ahondar en mis impresiones sobre películas de zombis. ¿Se han imaginado qué harían si los muertos salen de sus tumbas? Bueno, yo sí. De hecho, me he dado cuenta que con todas las rejas, muros y alambradas eléctricas que hay en Santiago, sería muy fácil para nosotros atrincherarnos y matar zombis a través de las rejas. La verdad, creo que la infección no se transmitiría tan fácilmente en Santiago como lo haría en países como Canadá o Estados Unidos, donde la gente no tiene rejas en los jardines y ventanas (alguna ventaja que tenga ser tan paranoicos).
Lo otro que me imaginaba, sobre todo después de ver la última película de Romero, Tierra de los muertos (la cuarta parte de su saga), es que resulta interesante pensar que los zombis son una especie de involución de la especie humana. Pero, pensándolo en términos ecológicos, sería una involución positiva para el planeta: si los seres humanos se convierten en zombis sin cerebro (o con una inteligencia muy rudimentaria, como se muestra en Tierra de los muertos) le estaríamos haciendo un gran favor a los animales y bosques amenazados por la industria. Quizás incluso se reduciría el impacto del calentamiento global. Lo único que quedaría de nosotros serían los vestigios de nuestra "avanzadísima" civilización, justo en el momento en que estábamos a punto de autodestruirnos. De nosotros, sólo quedarían estas caricaturas putrefactas que se mueven sin necesidad de comer ni bombear sangre. Unas marionetas que se regirían por el sustrato más reptiliano de nuestro cerebro.
Pensaba esto y me imaginaba... ¿Qué tal si los seres humanos somos la involución de un ser superior, al que desplazamos hace centenares de miles de años? Quizás la Tierra estaba habitada por alguna especie de semidioses, o al menos humanoides angelicales, con un intelecto y un poder espiritual mucho mayor al que tenemos nosotros. Quizás esos seres angelicales fueron "infectados" por un virus degenerativo que los privó de gran parte de su inteligencia y su espiritualidad, convirtiéndolos en caricaturas deformes de su esencia semidivina: nosotros, los humanos. Quizás ellos también combatieron contra nosotros e intentaron destruirnos, pero finalmente nos impusimos. No por nuestra superioridad, sino por nuestro número. Los infectamos a todos y finalmente dominamos el planeta.
O quizás simplemente estoy desvariando de lo lindo. Pero qué importa. En ninguna parte de los términos de uso decía que estaba obligado a decir cosas coherentes, ¿cierto?
En fin, ¡vivan las películas de zombis! ¡Viva George Romero y sus discípulos! Ah, escuché por ahí que están haciendo un remake de El día de los muertos... me muero por verlo.

La ventana secreta (The Secret Window)

Título original: Secret Window (Estados Unidos; 2004)
Director: David Koepp
Guionista: David Koepp, basado en una novela de Stephen King
Intérpretes: Johnny Depp (Mort Rainey), John Turturro (John Shooter), Maria Bello (Amy Rainey)

Johnny Depp es uno de esos actores que ya no tiene que probarle nada a nadie. Actor fetiche de Tim Burton (en El joven manos de tijera, Ed Wood), consagrado en películas independientes o más underground (como en Dead Man de Jim Jarmusch, Sueños en Arizona, del genial Emir Kusturica, o La última puerta de Roman Polanski), Depp ha demostrado una y otra vez que tiene olfato para escoger sus papeles. No se trata, claro, de uno de esos actores que han superado la línea de los veinte millones, pero sí se ha ganado un lugar en el inconsciente colectivo cinematográfico. Incluso roles de “poca relevancia” como el del pirata Jack Sparrow en la serie de Los piratas del Caribe le han valido grandes reconocimientos de la crítica (y del público).

Sea como sea, Depp es grande. Y lo demuestra una vez más en la recientemente estrenada La ventana secreta, un thriller psicológico que, si bien dudo que pase a la historia del cine, tiene al menos suficientes atributos como para ser una gran pequeña película.

En La ventana secreta, Johnny Depp encarna a Mort Rainey, un escritor de éxito relativo que está viviendo un doloroso divorcio luego de que su esposa lo engañara con otro hombre. Solo con sus sueños y sus ilusiones destrozadas, Rainey se escapa a vivir en su casa del lago donde trata de recuperar su inspiración y seguir escribiendo. Pero su relativa tranquilidad es rota cuando es visitado por un hombre llamado John Shooter, quien le acusa de haberle plagiado una historia. Rainey empieza a ser acosado por Shooter y teme por su vida, por lo que solicita la ayuda de un amigo investigador. La historia se mezcla con los intentos de Amy (Maria Bello), esposa de Rainey, que quiere que firme los papeles de divorcio para que cada uno continúe con su vida. El tono y el ritmo de la historia se van acelerando a medida que avanza el tiempo, trazando ágilmente las líneas de este thriller psicológico inspirado (por supuesto) en una novela de Stephen King.

En el desarrollo de la trama, la actuación de Johnny Depp es clave, ya que gran parte del suspenso se construye a través de las percepciones y las miradas de pánico de Mort Rainey. Pero más allá de la interpretación de Depp, la película se sostiene sobre un guión bien estructurado, que sabe sorprender hasta el final escapándose de los convencionalismos de Hollywood. Este es, sin duda, uno de los puntos más destacables de la película de David Koepp (director y guionista): un final que se escapa de todo lo que “políticamente correcto” y “políticamente aceptable” dentro del género. Y la verdad es que eso se agradece.

En carne viva (In the Cut)

Título original: In the Cut (Australia, Reino Unido, Estados Unidos; 2003)
Directora: Jane Campion
Guionista: Jane Campion, basado en la novela de Susanna Moore
Intérpretes: Meg Ryan (Frannie), Jennifer Jason Leigh (Pauline), Mark Ruffalo (Malloy)

El 2004 se estrenó una película que dio mucho que hablar, ya que mostró un giro inesperado en la carrera de Meg Ryan: saltó de las comedias románticas (su género por excelencia), a un thriller erótico que la muestra desnuda (por primera vez en la pantalla grande) y, a mi gusto, en el papel más complejo y el mejor interpretado de su vida.

En carne viva nos presenta a Frannie (una Ryan irreconocible), una profesora de literatura que habita un peligroso barrio de Nueva York. Su vida la pasa entre su fascinación por la poesía y sus fantasías sexuales reprimidas, y sus aventuras ocasionales con personajes cada vez más sórdidos. Su última “conquista” es un detective que está investigando un cruel asesinato en su barrio: una mujer que fue degollada y descuartizada, y cuya cabeza apareció en el jardín del edificio de Frannie. A medida que la relación entre Frannie y el detective Malloy (Mark Ruffalo) se profundiza, ella empieza a sospechar que él está implicado en los asesinatos. Lejos de producirle un rechazo, eso no hace más que aumentar su pasión por el personaje, un hombre inculto y mal hablado que no responde para nada al estereotipo de protagonistas masculinos para este tipo de historias. Destacables son los personajes secundarios como la media hermana de Frannie, Pauline (interpretada por una siempre impecable Jennifer Jason Leigh) y el compañero de Malloy, el detective Rodríguez (Nick Damici).

Resulta triste que se haya hablado más de este filme porque es el primero que muestra a Meg Ryan desnuda frente a las cámaras, y no se haya resaltado su impecable dirección, sus actuaciones y un guión absolutamente poco convencional. Uno de los mayores méritos que tiene En carne viva es que arroja una mirada fresca sobre un tipo de historia que podría ser de lo más convencional. Es la mirada que sólo una directora podría darle: mujeres que tienen muchas virtudes pero son incapaces de sentirse seguras de sí mismas, tan desesperadas por amar que se involucran en relaciones enfermizas (hombres casados, tipos con tendencias psicopáticas, detectives oscuros, alumnos…); hombres muy machos sin ser machistas, muy seguros de sí mismos sin tener ninguna virtud que ostentar, que se involucran con mujeres sólo para satisfacer sus fantasías. La directora neocelandesa Jane Campion (La lección de piano) se empeña por mostrar el lado más oscuro de un Nueva York tan adorado por Hollywood, y conseguir hacernos amar personajes demasiado desagradables porque llegan a reflejar nuestros defectos como individuos y seres humanos.

Desgraciadamente, la crítica y la taquilla norteamericana no acompañó esta producción demasiado independiente, una verdadera joya entre tanta producción en serie salida de la factoría.