—Oye, ¿tú crees en las energías?
—Ehm... Depende. ¿Te refieres a la energía como parte de la dualidad materia-energía? ¿La energía desde un punto de vista físico?
—No, a las energías positivas, las energías sanadoras, las malas vibras y eso.
—Ah. Eso.
¿Cómo responder a esa pregunta? ¿Empezando por lo obvio, que no se necesita «creer» en fenómenos físicos porque éstos nos afectan creamos en ellos o no? ¿Diciéndole a mi amigo que no hay pruebas que demuestren la existencia de esas «energías sanadoras» y que, por lo tanto, da lo mismo cuánto crea en ellas si igual no van a provocar efectos en el Mundo Real(tm)?
Mucha gente cree que la ciencia es algo misterioso que hacen unos tipos chascones en delantal blanco, una élite intelectual que manipula fuerzas incomprensibles para el común de los mortales. Pero estos hechiceros sectarios en realidad no son tan indescifrables: el método científico que aplica un químico es muy parecido al que aplica un cocinero.
Un cocinero conoce ciertas leyes que parecen ser universales: si pone una tetera con agua en la cocina con el fuego encendido, eventualmente el agua hervirá. Si echa agua a una sartén con aceite caliente, el aceite saltará y lo quemará. El arroz necesita cocerse con agua durante un tiempo determinado, la carne de cerdo debe cocerse bien y servirse caliente o puede provocar una enfermedad mortal, y así.
Nadie le pregunta a un cocinero si cree en el poder de la mente para cocer los alimentos o que basta con visualizarse sano cuando comes carne de cerdo cruda para que no te enfermes. Un cocinero que hiciera este tipo de idioteces pronto sería despedido o mataría a alguien. Ya me lo imagino diciéndole a sus comensales que su comida estaba bien: son ellos los que, con sus malas vibras, envenenaron la comida.
El cocinero es alguien que aplica a la pata del grafema los pilares fundamentales del método científico: reproductibilidad y refutabilidad. Es decir, cada vez que el cocinero experimenta con una receta o un método nuevo, su receta o método deben ser reproducibles en cualquier lugar y por cualquier persona que maneje conocimientos básicos de cocina. En segundo lugar, está la refutabilidad: toda proposición del cocinero es susceptible de ser refutada (lo que también se conoce como falsacionismo). Por ejemplo, nuestro cocinero puede proponer un nuevo método para cocinar pescado usando una cocina solar y hierbas poco conocidas. Si su receta es reproducible bajo condiciones similares, enhorabuena, ha nacido una nueva ley de la cocina: el pescado puede cocerse usando una cocina solar si se tiene una irradación solar X bajo un ángulo Y que depende de la latitud donde se cocina. Si resulta que nuestro cocinero no se fijó en que había unas brasas ardiendo bajo el pescado, el experimento no es reproducible porque lo que cocinó el pescado no fue el sol y la cocina solar, sino unas brasas que se habían colado por ahí.
Alguien podría refutar el uso de las hierbas porque, al reproducir la receta, descubre que son tóxicas. Entonces se descubre que el primer cocinero tuvo la suerte de usar hierbas frescas y quien la reprodujo usó esas hierbas después de que pasaran 10 días refrigeradas. Entonces se puede determinar que esa hierba debe consumirse fresca o podría ser peligrosa, y así sucesivamente, con todos los ejemplos y recetas que se le ocurran.
Mi pregunta es: si nadie cree que basta con la fuerza de voluntad para evitar que un marisco crudo infectado con marea roja nos enferme, ¿por qué demonios hay gente que, sin ninguna prueba en mano, puede afirmar que hay gente que se sana de un cáncer pensando positivo?
La ciencia funciona en base a resultados reproducibles: si de 100 hombres que sólo se tratan sus cálculos renales con pastillas homeopáticas, 3 se sanan y este número además corresponde al número de gente que se sana de los cálculos renales sin ninguna intervención médica, podemos afirmar con bastante certeza que las pastillas homeopáticas no son la causa de ese 3% de sanación. Por otra parte, si de 100 personas que atienden sus cálculos renales en un hospital, 85 se sanan, es seguro que la medicina occidental sí tuvo una influencia en la sanación. Luego habría que preguntarse por qué son 85 y no 100, y tratar de mejorar la efectividad de los tratamientos.
Las supersticiones, en cambio, siempre recurren a las excepciones y se encargan, convenientemente, de ocultar los resultados estadísticos. Los promotores de la hoemopatía se encargarán de obnubilarnos con la milagrosa sanación de los 3 afortunados que eliminaron sus cálculos renales usando una pastilla de azúcar, pero se olvidarán de mencionar a los otros 97 que todavía sienten fuego en su pene cada vez que mean arenilla.
¿La moraleja?
Antes de creer cualquier afirmación místico-relgioso-metafísico-natural-shúper, investiga. Busca fuentes certificadas que hablan en términos de números, de pruebas, de experimentos fallidos y exitosos. No te quedes con Wikipedia y los blogs de siempre. Revisa el Google Académico, las investigaciones desarrolladas en universidades prestigiosas, corrobora al menos con dos o tres fuentes confiables. No sea que por creerle demasiado a tu amigo vegano termines comiendo las papas crudas porque «son más naturales».
Así es que no, no me trago lo de las energías místicas. Al menos hasta que me demuestren su existencia, con pruebas y experimentos reproducibles.
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