Título: El nombre del viento
Subtítulo: Crónica del asesino de reyes: primer día
Título original: The Name of the Wind. The Kingkiller Chronicle: Day One
Autor: Patrick Rothfuss
Año: 2007
Traducción: Gemma Rovira
Año de la traducción: 2009
El nombre del viento bebe de la misma fuente que las novelas de Tolkien y Rowling. La diferencia es que consigue superar con creces los problemas de ambos novelistas, tanto en tratamiento de personajes como en creación de mundo.
Kvothe es nuestro clásico héroe de fantasía: un hombre que perdió a su familia y que se obsesiona con sus asesinos. Pero es también mucho más que eso: guerrero, ladrón, hechicero ("arcanista", como los llaman en la novela), juglar y tabernero, es alguien que tiene un don para aprender y entender el mundo. Para narrar historias y para vivirlas. Tiene sentido dramático, y por lo tanto busca tejer una historia a su alrededor.
Luego de quedar solo en el mundo, siendo aún un niño, sus sueños de ir a la Universidad y convertirse en arcanista se hacen trizas. Su misma conciencia se oculta para poder soportar el dolor, y vaga por tres años en una ciudad, convertido en ladronzuelo y sobreviviente. Pero, eventualmente, la música y las historias lo despiertan y decide retomar su sueño.
Kvothe es alguien que no sólo tiene de conocimientos, sino que además aprende rápido y bien, al punto que podría convertirse en un maestro de cualquier disciplina. Son sus extraordinarias habilidades las que le permitirán acceder a la Universidad aunque no tenga ni una sola moneda con la cual pagar su educación, ni ningún pariente que pueda ayudarlo en caso de necesidad. Pero son esas mismas habilidades las que le crearán un montón de enemigos, algunos poderosos, y no sólo pondrán en peligro su estadía en la Universidad, sino también su vida.
Las comparaciones son odiosas, pero ayudan a entender mejor la novela. Me resulta muy difícil no comparar El nombre del viento con Harry Potter: en ambas historias hay un héroe legendario, una escuela, poderosos enemigos que mataron a sus padres y la rutina de las clases con sus consecuentes cotilleos. Pero también hay muchas diferencias: Kvothe empieza sus aventuras pobre, solitario y desconocido, y debe forjar su destino y su nombre a punta de lucha y de llevar sus habilidades al límite. Harry Potter, en cambio, empieza sus aventuras rico, famoso, y con una serie de amigos que lo apoyan en forma incondicional (partiendo por el mismo director de la escuela). Además, Potter, aunque tiene habilidades por sobre la norma, no es tan brillante como, por ejemplo, Hermione, y su mayor capital es su buena suerte (la deus ex machina de Rowling) y su ejército de amigos dispuestos a salvarle el pellejo e incluso sacrificarse por él. Algo que, a la larga, se vuelve absurdo.
Kvothe, en cambio, no tiene a nadie más que a sí mismo y su ingenio. Es cierto que es un personaje algo demasiado excepcional, pero es algo que Rothfuss maneja en forma muy inteligente al insertarlo en un ambiente totalmente adverso. Kvothe debe ingeniárselas para conseguir dinero para comer y pagar su matrícula en la universidad (recurriendo incluso a prestamistas usureros), tiene los pies curtidos de tanto andar descalzo, tiene sólo un par de camisas viejas...
La otra principal diferencia entre Rothfuss y Rowling, es que el primero se esmera en crear un mundo coherente y creíble, con una historia rica y vida propia. A modo de ejemplo, la "magia" en El nombre del viento tiene una lógica interna. Los arcanistas no son personas que puedan hacer lo que se les ocurra con magia: es una disciplina compleja, reservada sólo a los más brillantes, y que responde a ciertas leyes que podríamos casi catalogar de "física". Por ejemplo, la magia no permite crear energía o materia de la nada: así, para crear una llama, hay que extraer energía de algo (incluido el propio cuerpo). Para mover un objeto, se debe aplicar fuerza a otro objeto similar y así. Existe otro tipo de "magia" que se refiere al poder de los nombres, y que permite desde hacer trucos tipo vudú hasta controlar las fuerzas naturales. Pero esta magia responde también a ciertas lógicas internas... A lo que voy es que aquí no hay gente lanzando rayos de una varita con sólo hablar en falso latín: el autor trabaja las reglas de su mundo y las respeta, lo que hace que el relato gire por su cuenta, sin necesidad de que intervenga con explicaciones de último minuto o artefactos mágicos que solucionan todo.
Otro punto que hace muy interesante el relato es su reflexión en torno a las historias. Ordénemonos un poco: la novela es un relato enmarcado en primera persona, es la historia de la vida de Kvothe contada en tres días sucesivos a un personaje llamado (en forma apropiada) Cronista. El nombre del viento es el primero de los tres días.
No es casual que Kvothe sea, antes que todo, un bardo, un actor itinerante. Kvothe es un héroe que se crea a sí mismo a través de su leyenda: para sobrevivir en la Universidad, debe crear una coraza a su alrededor, y esa coraza son las historias que se cuentan sobre él. Que no tiene sangre, que nadie le puede hacer daño de verdad, que hizo clases a un maestro y lo humilló frente a su curso, que nadie puede batirlo en duelo, que toca música como los dioses... El mismo Kvothe, con todo el sentido dramático que le da su profesión, se encarga de alimentar historias y rumores, al punto que para muchos la realidad se vuelve indistinguible de las historias. Es un ejercicio al estilo Rashomon, pero en el cual hay, al menos por ahora, una verdad oficial: la que cuenta Kvothe.
Otro punto interesante es que la novela es plenamente consciente de sus clichés: el mismo Kvothe, un narrador nato, se burla de ellos. El héroe huérfano que clama venganza, el maestro loco que acabará iluminando al aprendiz, la hermosa doncella en peligro que le arrebata el corazón al protagonista... Sólo que el héroe no parece buscar venganza, el maestro loco lo rechaza y la doncella en peligro no es doncella y sabe cuidarse por sí sola. Rothfuss juega con los clichés del género y les da constantes vueltas de tuerca, al punto que el lector ya no sabe hacia dónde apunta la historia. Esto es algo que realmente se agradece, ya que la fantasía épica es un terreno tan visitado que se agradece cualquier intento por innovar en él.
Pero El nombre del viento tampoco es tan innovador como para reinventar del género: es, ante todo, una novela entretenida, bien narrada, que introduce personajes inteligentes en situaciones clásicas. Es decir, aunque las circunstancias pueden sorprender a los protagonistas, estos no tardan en retomar el control de la situación y girarla, aunque sea temporalmente, a su favor. No hay nada más aburrido que un protagonista que es arrastrado por los acontecimientos y se salva del desastre por una iluminación súbita de último minuto. No: aquí, el destino es forjado por los propios personajes, y éstos deciden enfrentarse a él, pese a las consecuencias.
Se trata, en suma, de una novela de género arriesgada (tiene casi 900 páginas y es una trilogía), pero que en ningún caso trata de inventar la teoría de la relatividad. Lo que sí consigue es retrabajar los tópicos del género en forma entretenida en un mundo fascinante. De hecho, quizás lo único que lamento es que todas esas historias que se cuentan y se tejen en el mundo de Kvothe sólo pertenezcan a esa realidad y no se crucen con historias de nuestro mundo. Y quizás esa sea otra de las virtudes de El nombre del viento: las historias y situaciones de la novela son tan vívidas que da la impresión de estar leyendo un poema épico de nuestro mundo, y no una novela que germinó en la cabeza de un ser humano. Pero claro, todo historia es en realidad miles de historias, y un ser humano no es sólo un ser humano, sino todo el bagage de cultura e historias de la humanidad. Y esto es quizás lo que quiere contar Kvothe: somos narradores de nuestra propia historia, así es que mejor la narramos bien.
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