Título: El nombre del viento
Subtítulo: Crónica del asesino de reyes: primer día
Título original: The Name of the Wind. The Kingkiller Chronicle: Day One
Autor: Patrick Rothfuss
Año: 2007
Traducción: Gemma Rovira
Año de la traducción: 2009
El nombre del viento bebe de la misma fuente que las novelas de Tolkien y Rowling. La diferencia es que consigue superar con creces los problemas de ambos novelistas, tanto en tratamiento de personajes como en creación de mundo.
Kvothe es nuestro clásico héroe de fantasía: un hombre que perdió a su familia y que se obsesiona con sus asesinos. Pero es también mucho más que eso: guerrero, ladrón, hechicero ("arcanista", como los llaman en la novela), juglar y tabernero, es alguien que tiene un don para aprender y entender el mundo. Para narrar historias y para vivirlas. Tiene sentido dramático, y por lo tanto busca tejer una historia a su alrededor.
Luego de quedar solo en el mundo, siendo aún un niño, sus sueños de ir a la Universidad y convertirse en arcanista se hacen trizas. Su misma conciencia se oculta para poder soportar el dolor, y vaga por tres años en una ciudad, convertido en ladronzuelo y sobreviviente. Pero, eventualmente, la música y las historias lo despiertan y decide retomar su sueño.
Kvothe es alguien que no sólo tiene de conocimientos, sino que además aprende rápido y bien, al punto que podría convertirse en un maestro de cualquier disciplina. Son sus extraordinarias habilidades las que le permitirán acceder a la Universidad aunque no tenga ni una sola moneda con la cual pagar su educación, ni ningún pariente que pueda ayudarlo en caso de necesidad. Pero son esas mismas habilidades las que le crearán un montón de enemigos, algunos poderosos, y no sólo pondrán en peligro su estadía en la Universidad, sino también su vida.
Las comparaciones son odiosas, pero ayudan a entender mejor la novela. Me resulta muy difícil no comparar El nombre del viento con Harry Potter: en ambas historias hay un héroe legendario, una escuela, poderosos enemigos que mataron a sus padres y la rutina de las clases con sus consecuentes cotilleos. Pero también hay muchas diferencias: Kvothe empieza sus aventuras pobre, solitario y desconocido, y debe forjar su destino y su nombre a punta de lucha y de llevar sus habilidades al límite. Harry Potter, en cambio, empieza sus aventuras rico, famoso, y con una serie de amigos que lo apoyan en forma incondicional (partiendo por el mismo director de la escuela). Además, Potter, aunque tiene habilidades por sobre la norma, no es tan brillante como, por ejemplo, Hermione, y su mayor capital es su buena suerte (la deus ex machina de Rowling) y su ejército de amigos dispuestos a salvarle el pellejo e incluso sacrificarse por él. Algo que, a la larga, se vuelve absurdo.
Kvothe, en cambio, no tiene a nadie más que a sí mismo y su ingenio. Es cierto que es un personaje algo demasiado excepcional, pero es algo que Rothfuss maneja en forma muy inteligente al insertarlo en un ambiente totalmente adverso. Kvothe debe ingeniárselas para conseguir dinero para comer y pagar su matrícula en la universidad (recurriendo incluso a prestamistas usureros), tiene los pies curtidos de tanto andar descalzo, tiene sólo un par de camisas viejas...
La otra principal diferencia entre Rothfuss y Rowling, es que el primero se esmera en crear un mundo coherente y creíble, con una historia rica y vida propia. A modo de ejemplo, la "magia" en El nombre del viento tiene una lógica interna. Los arcanistas no son personas que puedan hacer lo que se les ocurra con magia: es una disciplina compleja, reservada sólo a los más brillantes, y que responde a ciertas leyes que podríamos casi catalogar de "física". Por ejemplo, la magia no permite crear energía o materia de la nada: así, para crear una llama, hay que extraer energía de algo (incluido el propio cuerpo). Para mover un objeto, se debe aplicar fuerza a otro objeto similar y así. Existe otro tipo de "magia" que se refiere al poder de los nombres, y que permite desde hacer trucos tipo vudú hasta controlar las fuerzas naturales. Pero esta magia responde también a ciertas lógicas internas... A lo que voy es que aquí no hay gente lanzando rayos de una varita con sólo hablar en falso latín: el autor trabaja las reglas de su mundo y las respeta, lo que hace que el relato gire por su cuenta, sin necesidad de que intervenga con explicaciones de último minuto o artefactos mágicos que solucionan todo.
Otro punto que hace muy interesante el relato es su reflexión en torno a las historias. Ordénemonos un poco: la novela es un relato enmarcado en primera persona, es la historia de la vida de Kvothe contada en tres días sucesivos a un personaje llamado (en forma apropiada) Cronista. El nombre del viento es el primero de los tres días.
No es casual que Kvothe sea, antes que todo, un bardo, un actor itinerante. Kvothe es un héroe que se crea a sí mismo a través de su leyenda: para sobrevivir en la Universidad, debe crear una coraza a su alrededor, y esa coraza son las historias que se cuentan sobre él. Que no tiene sangre, que nadie le puede hacer daño de verdad, que hizo clases a un maestro y lo humilló frente a su curso, que nadie puede batirlo en duelo, que toca música como los dioses... El mismo Kvothe, con todo el sentido dramático que le da su profesión, se encarga de alimentar historias y rumores, al punto que para muchos la realidad se vuelve indistinguible de las historias. Es un ejercicio al estilo Rashomon, pero en el cual hay, al menos por ahora, una verdad oficial: la que cuenta Kvothe.
Otro punto interesante es que la novela es plenamente consciente de sus clichés: el mismo Kvothe, un narrador nato, se burla de ellos. El héroe huérfano que clama venganza, el maestro loco que acabará iluminando al aprendiz, la hermosa doncella en peligro que le arrebata el corazón al protagonista... Sólo que el héroe no parece buscar venganza, el maestro loco lo rechaza y la doncella en peligro no es doncella y sabe cuidarse por sí sola. Rothfuss juega con los clichés del género y les da constantes vueltas de tuerca, al punto que el lector ya no sabe hacia dónde apunta la historia. Esto es algo que realmente se agradece, ya que la fantasía épica es un terreno tan visitado que se agradece cualquier intento por innovar en él.
Pero El nombre del viento tampoco es tan innovador como para reinventar del género: es, ante todo, una novela entretenida, bien narrada, que introduce personajes inteligentes en situaciones clásicas. Es decir, aunque las circunstancias pueden sorprender a los protagonistas, estos no tardan en retomar el control de la situación y girarla, aunque sea temporalmente, a su favor. No hay nada más aburrido que un protagonista que es arrastrado por los acontecimientos y se salva del desastre por una iluminación súbita de último minuto. No: aquí, el destino es forjado por los propios personajes, y éstos deciden enfrentarse a él, pese a las consecuencias.
Se trata, en suma, de una novela de género arriesgada (tiene casi 900 páginas y es una trilogía), pero que en ningún caso trata de inventar la teoría de la relatividad. Lo que sí consigue es retrabajar los tópicos del género en forma entretenida en un mundo fascinante. De hecho, quizás lo único que lamento es que todas esas historias que se cuentan y se tejen en el mundo de Kvothe sólo pertenezcan a esa realidad y no se crucen con historias de nuestro mundo. Y quizás esa sea otra de las virtudes de El nombre del viento: las historias y situaciones de la novela son tan vívidas que da la impresión de estar leyendo un poema épico de nuestro mundo, y no una novela que germinó en la cabeza de un ser humano. Pero claro, todo historia es en realidad miles de historias, y un ser humano no es sólo un ser humano, sino todo el bagage de cultura e historias de la humanidad. Y esto es quizás lo que quiere contar Kvothe: somos narradores de nuestra propia historia, así es que mejor la narramos bien.
sábado, 23 de junio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
OVNIs, FAAs y CACAs
Esta entrada es una traducción del artículo “UFOs, UAPs and CRAPs” de Michael Shermer, publicado el 28 de marzo del 2011 en Scientific American y disponible en este sitio web. Salvo por mi pequeña aclaración final, todos los créditos son del autor.
Una mañana, hace varios años, un objeto triangular pasó volando sobre mi casa en los montes San Gabriel, California del Sur. Casi no hacía ruido, hacía giros rápidos y aceleraba en forma brusca, y casi no reflejaba la luz, lo que lo hacía parecer un agujero en el cielo, casi como un objeto de otro mundo. Era, de hecho, un bombardero Stealth B-2, haciendo cabriolas en el aire para hacer una nueva pasada en la Pasadena Rose Parade del primero de enero, una tradición anual. Pero si no hubiese sabido lo que era y si lo hubiese visto por primera vez, digamos, en el desierto al atardecer, no habría sido raro pensar que era un OVNI.
Por décadas, los objetos voladores triangulares han sido etiquetados como OVNIs. Ahora que una cohorte de militares, observadores políticos y de la aviación quieren cambiar la sigla a algo menos peyorativo —Fenómeno Aéreo Anómalo (FAA), o Unidentified Aerial Phenomena (UAP) en inglés— para que sus esfuerzos sean tomados más en serio, la periodista de investigación estadounidense Leslie Kean recogió los testimonios de militares y funcionarios públicos en su libro UFOs: Generals, Pilots, and Government Officials Go on the Record [N. de la T.: OVNIs: generales, pilotos y funcionarios de gobierno hablan al descubierto]. Kean le pide a los lectores que consideren que los avistamientos representan un “fenómeno sólido y físico que parece estar bajo control inteligente y que es capaz de alcanzar una velocidad, maniobrabilidad y luminosidad muy por encima de la tecnología de punta conocida”. También dice que “el gobierno ignora en forma rutinaria los OVNIs y que, cuando es presionado, entrega explicaciones falsas” y que la “hipótesis de que los OVNIs son de origen extraterrestre o interdimensional es racional y debería ser tomada en cuenta”.
¿De cuánta información disponemos? ¿Puede esta información ayudarnos a distinguir entre FAAs y lo que yo llamo Conjeturas Alienígenas Completamente Absurdas (CACAs) [N. de la T.: Completely Ridiculous Alien Piffle (CRAP) en inglés], como los círculos en las cosechas, mutilación de ganado, abducciones y sondas anales, e híbridos humano-alienígena? De acuerdo a Kean, “aproximadamente el 90 o 95% de los avistamientos de OVNIs pueden ser explicados” como “globos meteorológicos, destellos de satélites o estrellas, aviones volando en formación, aviones militares secretos, pájaros reflejando el sol, aviones reflejando el sol, dirigibles, helicópteros, Venus o Marte, meteoros o meteoritos, basura espacial, satélites, parhelios, rayos globulares, cristales de hielo, luz reflejada por las nubes, luces en el suelo o luces reflejadas en la cabina de vuelo” y mucho más. Entonces, toda la hipótesis extraterrestre está basada en la información residual después de haber agotado la lista antes citada. ¿Qué queda? No mucho.
Por ejemplo, Kean abre su investigación “sobre terreno muy sólido, con la crónica de primera mano de un Mayor General de uno de los casos OVNIs más vívido y mejor documentado” —la ola de OVNIs belgas en 1989-1990—. El Mayor General Wilfried de Brouwer recuerda la primera noche de avistamientos: “Cientos de personas vieron una majestuosa nave triangular con una envergadura aproximada de 120 pies [N. de la T.: aprox. 36 m] que irradiaba poderosos haces de luz y se movía lentamente sin hacer ningún ruido significativo pero, en varias ocasiones, aceleraba a velocidades muy altas”. Avistamientos aparentemente inexplicables como el de De Brouwer, sin embargo, podrían haber sido pruebas de modelos experimentales de bombarderos Stealth (estadounidenses, soviéticos o de otra nacionalidad) que las agencias militares entendiblemente no querían revelar.
Resulta interesante comparar la narrativa de De Brouwer con el resumen de Kean del mismo incidente: “El sentido común nos dice que si algún gobierno hubiese desarrollado una gigantesca nave que puede mantenerse suspendida en el aire a unos pocos cientos de pies [N. de la T.: un centenar de metros] de altura y luego acelerar bruscamente en un parpadeo —sin hacer ningún ruido—, esta tecnología habría revolucionado los viajes aéreos y la guerra moderna, y probablemente también la física”. Nótese cómo una nave de 120 pies [36 metros] de pronto se vuelve “gigantesca”, cómo “se movía lentamente” cambió a “mantenerse suspendida en el aire”, cómo “sin hacer ningún ruido significativo” se transformó en “sin hacer ningún ruido” y cómo “aceleraba a velocidades muy altas” se convirtió en “acelerar bruscamente en un parpadeo”. Esta transformación del lenguaje es muy común en narraciones de avistamientos de OVNIs, lo que hace difícil que los científicos den explicaciones naturales.
En todos los campos de la ciencia hay anomalías que no pueden ser explicadas por las teorías dominantes. Eso no significa que la teoría científica sea errada o que las teorías alternativas sean correctas. Simplemente significa que se necesita investigar más para que esas anomalías puedan ser incorporadas al paradigma aceptado. Mientras tanto, está bien vivir con la incertidumbre de que no todo tiene una explicación.
Una aclaración personal: a veces ocurre que las anomalías no pueden ser explicadas por las teorías dominantes y no pueden ser integradas al paradigma sin importar cuánto se investiguen. En esos casos, pueden surgir nuevas teorías y paradigmas que, luego de un largo tiempo de discusión, corrección y debate en la comunidad científica, generan nuevas teorías aceptadas o nuevos paradigmas para la ciencia.
Una mañana, hace varios años, un objeto triangular pasó volando sobre mi casa en los montes San Gabriel, California del Sur. Casi no hacía ruido, hacía giros rápidos y aceleraba en forma brusca, y casi no reflejaba la luz, lo que lo hacía parecer un agujero en el cielo, casi como un objeto de otro mundo. Era, de hecho, un bombardero Stealth B-2, haciendo cabriolas en el aire para hacer una nueva pasada en la Pasadena Rose Parade del primero de enero, una tradición anual. Pero si no hubiese sabido lo que era y si lo hubiese visto por primera vez, digamos, en el desierto al atardecer, no habría sido raro pensar que era un OVNI.
Por décadas, los objetos voladores triangulares han sido etiquetados como OVNIs. Ahora que una cohorte de militares, observadores políticos y de la aviación quieren cambiar la sigla a algo menos peyorativo —Fenómeno Aéreo Anómalo (FAA), o Unidentified Aerial Phenomena (UAP) en inglés— para que sus esfuerzos sean tomados más en serio, la periodista de investigación estadounidense Leslie Kean recogió los testimonios de militares y funcionarios públicos en su libro UFOs: Generals, Pilots, and Government Officials Go on the Record [N. de la T.: OVNIs: generales, pilotos y funcionarios de gobierno hablan al descubierto]. Kean le pide a los lectores que consideren que los avistamientos representan un “fenómeno sólido y físico que parece estar bajo control inteligente y que es capaz de alcanzar una velocidad, maniobrabilidad y luminosidad muy por encima de la tecnología de punta conocida”. También dice que “el gobierno ignora en forma rutinaria los OVNIs y que, cuando es presionado, entrega explicaciones falsas” y que la “hipótesis de que los OVNIs son de origen extraterrestre o interdimensional es racional y debería ser tomada en cuenta”.
¿De cuánta información disponemos? ¿Puede esta información ayudarnos a distinguir entre FAAs y lo que yo llamo Conjeturas Alienígenas Completamente Absurdas (CACAs) [N. de la T.: Completely Ridiculous Alien Piffle (CRAP) en inglés], como los círculos en las cosechas, mutilación de ganado, abducciones y sondas anales, e híbridos humano-alienígena? De acuerdo a Kean, “aproximadamente el 90 o 95% de los avistamientos de OVNIs pueden ser explicados” como “globos meteorológicos, destellos de satélites o estrellas, aviones volando en formación, aviones militares secretos, pájaros reflejando el sol, aviones reflejando el sol, dirigibles, helicópteros, Venus o Marte, meteoros o meteoritos, basura espacial, satélites, parhelios, rayos globulares, cristales de hielo, luz reflejada por las nubes, luces en el suelo o luces reflejadas en la cabina de vuelo” y mucho más. Entonces, toda la hipótesis extraterrestre está basada en la información residual después de haber agotado la lista antes citada. ¿Qué queda? No mucho.
Por ejemplo, Kean abre su investigación “sobre terreno muy sólido, con la crónica de primera mano de un Mayor General de uno de los casos OVNIs más vívido y mejor documentado” —la ola de OVNIs belgas en 1989-1990—. El Mayor General Wilfried de Brouwer recuerda la primera noche de avistamientos: “Cientos de personas vieron una majestuosa nave triangular con una envergadura aproximada de 120 pies [N. de la T.: aprox. 36 m] que irradiaba poderosos haces de luz y se movía lentamente sin hacer ningún ruido significativo pero, en varias ocasiones, aceleraba a velocidades muy altas”. Avistamientos aparentemente inexplicables como el de De Brouwer, sin embargo, podrían haber sido pruebas de modelos experimentales de bombarderos Stealth (estadounidenses, soviéticos o de otra nacionalidad) que las agencias militares entendiblemente no querían revelar.
Resulta interesante comparar la narrativa de De Brouwer con el resumen de Kean del mismo incidente: “El sentido común nos dice que si algún gobierno hubiese desarrollado una gigantesca nave que puede mantenerse suspendida en el aire a unos pocos cientos de pies [N. de la T.: un centenar de metros] de altura y luego acelerar bruscamente en un parpadeo —sin hacer ningún ruido—, esta tecnología habría revolucionado los viajes aéreos y la guerra moderna, y probablemente también la física”. Nótese cómo una nave de 120 pies [36 metros] de pronto se vuelve “gigantesca”, cómo “se movía lentamente” cambió a “mantenerse suspendida en el aire”, cómo “sin hacer ningún ruido significativo” se transformó en “sin hacer ningún ruido” y cómo “aceleraba a velocidades muy altas” se convirtió en “acelerar bruscamente en un parpadeo”. Esta transformación del lenguaje es muy común en narraciones de avistamientos de OVNIs, lo que hace difícil que los científicos den explicaciones naturales.
En todos los campos de la ciencia hay anomalías que no pueden ser explicadas por las teorías dominantes. Eso no significa que la teoría científica sea errada o que las teorías alternativas sean correctas. Simplemente significa que se necesita investigar más para que esas anomalías puedan ser incorporadas al paradigma aceptado. Mientras tanto, está bien vivir con la incertidumbre de que no todo tiene una explicación.
Una aclaración personal: a veces ocurre que las anomalías no pueden ser explicadas por las teorías dominantes y no pueden ser integradas al paradigma sin importar cuánto se investiguen. En esos casos, pueden surgir nuevas teorías y paradigmas que, luego de un largo tiempo de discusión, corrección y debate en la comunidad científica, generan nuevas teorías aceptadas o nuevos paradigmas para la ciencia.
miércoles, 20 de junio de 2012
La cocina y el método científico
—Oye, ¿tú crees en las energías?
—Ehm... Depende. ¿Te refieres a la energía como parte de la dualidad materia-energía? ¿La energía desde un punto de vista físico?
—No, a las energías positivas, las energías sanadoras, las malas vibras y eso.
—Ah. Eso.
¿Cómo responder a esa pregunta? ¿Empezando por lo obvio, que no se necesita «creer» en fenómenos físicos porque éstos nos afectan creamos en ellos o no? ¿Diciéndole a mi amigo que no hay pruebas que demuestren la existencia de esas «energías sanadoras» y que, por lo tanto, da lo mismo cuánto crea en ellas si igual no van a provocar efectos en el Mundo Real(tm)?
Mucha gente cree que la ciencia es algo misterioso que hacen unos tipos chascones en delantal blanco, una élite intelectual que manipula fuerzas incomprensibles para el común de los mortales. Pero estos hechiceros sectarios en realidad no son tan indescifrables: el método científico que aplica un químico es muy parecido al que aplica un cocinero.
Un cocinero conoce ciertas leyes que parecen ser universales: si pone una tetera con agua en la cocina con el fuego encendido, eventualmente el agua hervirá. Si echa agua a una sartén con aceite caliente, el aceite saltará y lo quemará. El arroz necesita cocerse con agua durante un tiempo determinado, la carne de cerdo debe cocerse bien y servirse caliente o puede provocar una enfermedad mortal, y así.
Nadie le pregunta a un cocinero si cree en el poder de la mente para cocer los alimentos o que basta con visualizarse sano cuando comes carne de cerdo cruda para que no te enfermes. Un cocinero que hiciera este tipo de idioteces pronto sería despedido o mataría a alguien. Ya me lo imagino diciéndole a sus comensales que su comida estaba bien: son ellos los que, con sus malas vibras, envenenaron la comida.
El cocinero es alguien que aplica a la pata del grafema los pilares fundamentales del método científico: reproductibilidad y refutabilidad. Es decir, cada vez que el cocinero experimenta con una receta o un método nuevo, su receta o método deben ser reproducibles en cualquier lugar y por cualquier persona que maneje conocimientos básicos de cocina. En segundo lugar, está la refutabilidad: toda proposición del cocinero es susceptible de ser refutada (lo que también se conoce como falsacionismo). Por ejemplo, nuestro cocinero puede proponer un nuevo método para cocinar pescado usando una cocina solar y hierbas poco conocidas. Si su receta es reproducible bajo condiciones similares, enhorabuena, ha nacido una nueva ley de la cocina: el pescado puede cocerse usando una cocina solar si se tiene una irradación solar X bajo un ángulo Y que depende de la latitud donde se cocina. Si resulta que nuestro cocinero no se fijó en que había unas brasas ardiendo bajo el pescado, el experimento no es reproducible porque lo que cocinó el pescado no fue el sol y la cocina solar, sino unas brasas que se habían colado por ahí.
Alguien podría refutar el uso de las hierbas porque, al reproducir la receta, descubre que son tóxicas. Entonces se descubre que el primer cocinero tuvo la suerte de usar hierbas frescas y quien la reprodujo usó esas hierbas después de que pasaran 10 días refrigeradas. Entonces se puede determinar que esa hierba debe consumirse fresca o podría ser peligrosa, y así sucesivamente, con todos los ejemplos y recetas que se le ocurran.
Mi pregunta es: si nadie cree que basta con la fuerza de voluntad para evitar que un marisco crudo infectado con marea roja nos enferme, ¿por qué demonios hay gente que, sin ninguna prueba en mano, puede afirmar que hay gente que se sana de un cáncer pensando positivo?
La ciencia funciona en base a resultados reproducibles: si de 100 hombres que sólo se tratan sus cálculos renales con pastillas homeopáticas, 3 se sanan y este número además corresponde al número de gente que se sana de los cálculos renales sin ninguna intervención médica, podemos afirmar con bastante certeza que las pastillas homeopáticas no son la causa de ese 3% de sanación. Por otra parte, si de 100 personas que atienden sus cálculos renales en un hospital, 85 se sanan, es seguro que la medicina occidental sí tuvo una influencia en la sanación. Luego habría que preguntarse por qué son 85 y no 100, y tratar de mejorar la efectividad de los tratamientos.
Las supersticiones, en cambio, siempre recurren a las excepciones y se encargan, convenientemente, de ocultar los resultados estadísticos. Los promotores de la hoemopatía se encargarán de obnubilarnos con la milagrosa sanación de los 3 afortunados que eliminaron sus cálculos renales usando una pastilla de azúcar, pero se olvidarán de mencionar a los otros 97 que todavía sienten fuego en su pene cada vez que mean arenilla.
¿La moraleja?
Antes de creer cualquier afirmación místico-relgioso-metafísico-natural-shúper, investiga. Busca fuentes certificadas que hablan en términos de números, de pruebas, de experimentos fallidos y exitosos. No te quedes con Wikipedia y los blogs de siempre. Revisa el Google Académico, las investigaciones desarrolladas en universidades prestigiosas, corrobora al menos con dos o tres fuentes confiables. No sea que por creerle demasiado a tu amigo vegano termines comiendo las papas crudas porque «son más naturales».
Así es que no, no me trago lo de las energías místicas. Al menos hasta que me demuestren su existencia, con pruebas y experimentos reproducibles.
—Ehm... Depende. ¿Te refieres a la energía como parte de la dualidad materia-energía? ¿La energía desde un punto de vista físico?
—No, a las energías positivas, las energías sanadoras, las malas vibras y eso.
—Ah. Eso.
¿Cómo responder a esa pregunta? ¿Empezando por lo obvio, que no se necesita «creer» en fenómenos físicos porque éstos nos afectan creamos en ellos o no? ¿Diciéndole a mi amigo que no hay pruebas que demuestren la existencia de esas «energías sanadoras» y que, por lo tanto, da lo mismo cuánto crea en ellas si igual no van a provocar efectos en el Mundo Real(tm)?
Mucha gente cree que la ciencia es algo misterioso que hacen unos tipos chascones en delantal blanco, una élite intelectual que manipula fuerzas incomprensibles para el común de los mortales. Pero estos hechiceros sectarios en realidad no son tan indescifrables: el método científico que aplica un químico es muy parecido al que aplica un cocinero.
Un cocinero conoce ciertas leyes que parecen ser universales: si pone una tetera con agua en la cocina con el fuego encendido, eventualmente el agua hervirá. Si echa agua a una sartén con aceite caliente, el aceite saltará y lo quemará. El arroz necesita cocerse con agua durante un tiempo determinado, la carne de cerdo debe cocerse bien y servirse caliente o puede provocar una enfermedad mortal, y así.
Nadie le pregunta a un cocinero si cree en el poder de la mente para cocer los alimentos o que basta con visualizarse sano cuando comes carne de cerdo cruda para que no te enfermes. Un cocinero que hiciera este tipo de idioteces pronto sería despedido o mataría a alguien. Ya me lo imagino diciéndole a sus comensales que su comida estaba bien: son ellos los que, con sus malas vibras, envenenaron la comida.
El cocinero es alguien que aplica a la pata del grafema los pilares fundamentales del método científico: reproductibilidad y refutabilidad. Es decir, cada vez que el cocinero experimenta con una receta o un método nuevo, su receta o método deben ser reproducibles en cualquier lugar y por cualquier persona que maneje conocimientos básicos de cocina. En segundo lugar, está la refutabilidad: toda proposición del cocinero es susceptible de ser refutada (lo que también se conoce como falsacionismo). Por ejemplo, nuestro cocinero puede proponer un nuevo método para cocinar pescado usando una cocina solar y hierbas poco conocidas. Si su receta es reproducible bajo condiciones similares, enhorabuena, ha nacido una nueva ley de la cocina: el pescado puede cocerse usando una cocina solar si se tiene una irradación solar X bajo un ángulo Y que depende de la latitud donde se cocina. Si resulta que nuestro cocinero no se fijó en que había unas brasas ardiendo bajo el pescado, el experimento no es reproducible porque lo que cocinó el pescado no fue el sol y la cocina solar, sino unas brasas que se habían colado por ahí.
Alguien podría refutar el uso de las hierbas porque, al reproducir la receta, descubre que son tóxicas. Entonces se descubre que el primer cocinero tuvo la suerte de usar hierbas frescas y quien la reprodujo usó esas hierbas después de que pasaran 10 días refrigeradas. Entonces se puede determinar que esa hierba debe consumirse fresca o podría ser peligrosa, y así sucesivamente, con todos los ejemplos y recetas que se le ocurran.
Mi pregunta es: si nadie cree que basta con la fuerza de voluntad para evitar que un marisco crudo infectado con marea roja nos enferme, ¿por qué demonios hay gente que, sin ninguna prueba en mano, puede afirmar que hay gente que se sana de un cáncer pensando positivo?
La ciencia funciona en base a resultados reproducibles: si de 100 hombres que sólo se tratan sus cálculos renales con pastillas homeopáticas, 3 se sanan y este número además corresponde al número de gente que se sana de los cálculos renales sin ninguna intervención médica, podemos afirmar con bastante certeza que las pastillas homeopáticas no son la causa de ese 3% de sanación. Por otra parte, si de 100 personas que atienden sus cálculos renales en un hospital, 85 se sanan, es seguro que la medicina occidental sí tuvo una influencia en la sanación. Luego habría que preguntarse por qué son 85 y no 100, y tratar de mejorar la efectividad de los tratamientos.
Las supersticiones, en cambio, siempre recurren a las excepciones y se encargan, convenientemente, de ocultar los resultados estadísticos. Los promotores de la hoemopatía se encargarán de obnubilarnos con la milagrosa sanación de los 3 afortunados que eliminaron sus cálculos renales usando una pastilla de azúcar, pero se olvidarán de mencionar a los otros 97 que todavía sienten fuego en su pene cada vez que mean arenilla.
¿La moraleja?
Antes de creer cualquier afirmación místico-relgioso-metafísico-natural-shúper, investiga. Busca fuentes certificadas que hablan en términos de números, de pruebas, de experimentos fallidos y exitosos. No te quedes con Wikipedia y los blogs de siempre. Revisa el Google Académico, las investigaciones desarrolladas en universidades prestigiosas, corrobora al menos con dos o tres fuentes confiables. No sea que por creerle demasiado a tu amigo vegano termines comiendo las papas crudas porque «son más naturales».
Así es que no, no me trago lo de las energías místicas. Al menos hasta que me demuestren su existencia, con pruebas y experimentos reproducibles.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)