(Aviso de inmediato: no tengo interés en hacer crítica de la película, sólo jugosear con algunos temas tangenciales a la misma. Quienes se interesen por saber más de la peli, mejor lean la excelente crítica que escribió Hermes para la Zona de Contacto).Uno de los trucos más efectivos para jugar con el terror es apelar a fenómenos que despiertan nuestros miedos más primitivos: la oscuridad, las ruinas, los laberintos, los ruidos inexplicables y, por supuesto, la niebla. El ardid consiste en aprovecharse del espacio en off (es decir, de todo lo que ocurre fuera de nuestra limitada percepción) para sembrar la semilla de la incertidumbre y el peligro acechante.
La niebla, basada en una novela de (era que no) Stephen King, lleva esta idea al extremo de la paranoia y la locura: los personajes no sólo están aterrados por los monstruos pesadillescos que se esconden en esa bruma blanca y pastosa, sino que además utilizan el fanatismo religioso para canalizar sus instintos más bestiales y convertirse en un peligro para sí mismos.
Si lo pensamos con seriedad, lo más terrorífico del colapso de la civilización no sería la misma desaparición del mundo que conocemos, sino la reacción de nuestros congéneres. ¿Como reaccionaría una masa enloquecida por la propagación de una plaga de zombis, un virus letal, una niebla asesina o el desplome de la bolsa?
En un momento de la película, el protagonista dice que la nuestra es una sociedad civilizada... mientras las máquinas funcionen y podamos llamar al 911. Pero no hay forma de saber cómo nos comportaríamos si todo eso se fuera al carajo. Lo único que sé es que cuando eso ocurra, quiero estar en un lugar con poca gente, mucha comida y ojalá con una buena pistola en el bolsillo. Y no precisamente para matar monstruos de otra dimensión.
Mientras veía La niebla pensaba en Bowling for Columbine de Michael Moore, específicamente en la caricatura que contaba la historia de Estados Unidos: cómo los norteamericanos no son más que un puñado de paranoicos que le teme a los negros, a los latinos, a las abejas, al anthrax, a los árabes, al comunismo, a los chinos, a los extraterrestres, a los meteoritos, a los terremotos y a su propio vecino (nótese que existen numerosas películas gringas que abordan cada uno de estos temas). El ver gringos encerrados en un supermercado, asustados por lo que ocurre fuera, convencidos de que están rodeados de monstruos que los quieren devorar no podría ser una alegoría más evidente de la Gringolandia de Bush.Pero tampoco me interesa pelar tanto a los yanquis. Después de todo, igual hacen películas que valen la pena y tienen buenos guionistas de cómics y series de TV. Claro que el 98% restante, que se reparte entre milicos, políticos, pueblerinos de gatillo fácil, ignorantes titulados, protestantes y fanáticos del Antiguo Testamento son realmente detestables. Bien harían quedándose encerrados en un supermercado y sacrificándose entre ellos para evitar que el comunismo les quite su preciado derecho a elegir entre morir de diabetes (por comer basura), intoxicados (por usar químicos peligrosos en los desechos que incineran) o de un balazo (por su inalienable derecho a que cualquier loco tenga pistola).