lunes, 7 de enero de 2008

Beowulf: la condena del orgullo

Como parte de la trivia para ñoños, Beowulf es uno de los poemas épicos más importantes de la historia, y el que más fascinaba a J.R.R. Tolkien. Aún más interesante porque el argumento inicial está desprovisto de toda moralidad cristiana y relata cómo un héroe debe matar un monstruo para que los nobles daneses puedan emborracharse y tener orgías sin que nadie les moleste. Y lo agradable del asunto es que la película del 2007 respeta este planteamiento.

Debo empezar afirmando que nunca me he dejado impresionar por Robert Zemeckis. Aunque es director de una de mis trilogías favoritas (Volver al futuro), es también un creador inconstante, capaz de realizar bombas emocionales muy entretenidas, como Forrest Gump, una película de terror que empieza muy bien y se desinfla como globo viejo ( más conocida en Chile como Revelaciones) y un bodrio navideño que sólo puede ser tragado con grandes dosis de insulina y devoción patriótica a los Estados Unidos (El expreso polar). Es por eso que sólo con la referencia del director, jamás me habría acercado a ver Beowulf. Pero claro, con el gurú Neil Gaiman a cargo del guión, el asunto es otro.

Tuve la suerte de leer el poema épico original un año antes de que supiera del estreno de la película. En el poema épico, el héroe gauta (Suecia del norte) Beowulf viaja a Dinamarca para librar al rey Hrothgar de una estirpe de demonios monstruosos que devoran a los nobles y nadie es capaz de vencer. Se parece, en principio, al argumento de cualquier aventura de Dungeons & Dragons (también incluye cavernas, tesoros y hasta un dragón), con la diferencia que Grendel, el troll retoño, detesta a los nobles de Heorot porque le molesta que canten, bailen y griten mientras se emborrachan con hidromiel. Es decir, los daneses están encabronados porque el troll antropófago no les deja carretear tranquilos.

Si bien la historia es bastante lineal y sin grandes sobresaltos (Beowulf mata a Grendel, luego a su madre, que busca venganza por la muerte de su hijo), la descripción de ambientes y las costumbres de la época son fascinantes. La historia principal es nutrida por numerosos relatos enmarcados -relatos de los bardos, de los nobles de la corte de Heorot o del mismo Beowulf, que cuenta sus hazañas pasadas-. Además, el final de la historia, en la que Beowulf, ya anciano y rey de los gautas, derrota un dragón que asola su reino matándolo sólo con sus manos, está revestido de todo el misticismo épico de los héroes medievales. Cierto, es un canto a la gloria del combate, una apología al gore y una historia tan machista que las pocas mujeres del poema apenas tienen alguna mención (hasta la espada con la que Beowulf mata a Woktja, la madre de Grendel, o la inútil capa que roba un ladrón de la guarida del dragón se describen con más pasión que las mujeres en el relato), pero esta es precisamente la gracia del poema: se trata de un fiel reflejo de la mentalidad de su época, en la que los hechos heroicos y el coraje en combate valen más que las riquezas, las mujeres son sólo parte del botín del héroe y son menos importantes que la espada, el torque, e incluso que el caballo.

Pues bien, lo que hizo Gaiman fue unificar los tres episodios de la historia en torno a un hilo común, darle un tema común a todas las historias -el precio que debe pagar Beowulf por su orgullo y su lujuria- y rematarlo con un final grandioso en el que, aunque el héroe se redime, queda una sombra planeando sobre su herencia, una maldición que pesará sobre quienes llevarán su carga tras su muerte.

No quiero alargarme demasiado en el argumento de la historia, que para eso pueden verla en cine, en iMax o bajarla del eMule (aunque no recomiendo esto último, no porque esté en contra de la piratería, sino porque vale verla la pena en pantalla gigante con sonido Dolby). Sí quiero babear por la excelente interpretación de Gaiman, que supo adaptar perfectamente la historia a nuestros tiempos. No se trata de impregnarla de moralina y condena a los pecados capitales, sino simplemente de llenar de humanidad a los personajes. Beowulf no es simplemente el héroe superpoderoso que siempre derrota a sus enemigos... Es más que eso. Es un ser humano, que se sabe fuerte, valiente y poderoso, que admira su propio coraje y sus hazañas, y no duda en contarlas con lujo de detalle a quienquiera que le pregunte su nombre. Es también un hombre que adora a las mujeres jóvenes y voluptuosas, tanto que, aunque, a su manera, está enamorado de su mujer, la engaña permanentemente con una chica más joven. Son todos estos rasgos los que acercan a Beowulf al nivel de los mortales y nos hacen sentir simpatía por él: puede ser fuerte, puede ser valiente, pero también es débil, es humano. Es por eso que me cae mal el Cristo de la Iglesia y admiro al capitán Alatriste.
En Beowulf de Gaiman también se profundizan las relaciones entre los personajes, y tipos tan secundarios como Wiglaf, el amigo de Beowulf, la reina Wealthow o la amante de Beowulf, Úrsula, cobran una importancia capital y se vuelven memorables. Así, Wealthow no desprecia a Úrsula por ser la amante de su esposo, sino que la comprende y hasta la protege. La relación entre Beowulf y su reina está demasiado teñida por las decepciones y los secretos como para ser sana, pero eso no quita que se amen, en forma trágica y estéril, cierto, pero se aman. Y Wiglaf, que bien podría ser el gordito divertido en manos de un guionista tan mediocre como George Lucas, se transforma a manos de Gaiman en un gran héroe que, pese a no tener la fuerza o la destreza de Beowulf, posee el ingenio, la modestia y la fuerza de voluntad que su amigo no tiene, aunque también tiene un gran defecto: su ingenuidad. Esto incluso podría condenarlo en un futuro no relatado por la película.

Lo cierto es que, como un interpretación del poema épico, la película Beowulf bien podría considerarse como una historia del tipo "el hecho real que inspiró el poema épico". Por cierto que esto no es posible porque existen discrepancias importantes entre el poema y la película, partiendo por el hecho que Beowulf se convirtió en rey de Gëatlantt y no de Dinamarca, o que Wiglaf era el sobrino y no el amigo de Beowulf... Pero estos son detalles que sólo le interesan a un ñoño. La verdad es que la historia está tan bien contada, los hechos tan bien hilados y las escenas de acción se manejan con tanto suspenso y buen ritmo, que no me queda más que sacarme el sombrero ante Gaiman, Roger Avary (co-guionista) y Zemeckis. Porque, pese a todo, quien ejecuta el guión es el director, y aunque pueda detestar varias de sus películas, Zemeckis es, pese a todo, un realizador efectivo, un artesano que conoce su oficio y puede crear maravillas cuando la materia prima es de primera calidad.
Quise dejar al último el comentario la forma de la película (que está filmada en tres dimensiones, con la misma técnica digital usada en El expreso polar), porque no me parece tan relevante a la hora de hablar de una película. Tengo la idea que filmar una película en animación digital no es más sencillo que hacerla en live motion, aunque debe ser más barato, por el tema de las locaciones, desplazamiento de equipo y un largo etcétera. Tiene además varias ventajas significativas: la mezcla de personajes animados digitalmente y actores rara vez funciona a la perfección (en la edición especial de la trilogía original de Star Wars se veían pésimos, aunque en El señor de los anillos funcionaron de maravilla), pero si los actores también se digitalizan la mezcla resultante es mucho más natural. Las construcciones de escenografía y personajes adquieren posibilidades ilimitadas: la escenografía digital está sólo limitada por la imaginación de los diseñadores y los "retoques" digitales permiten que actores ya veteranos, como Ray Winstone (que tiene más de 50 años y varios kilos demás) aparezca como el joven y atlético Beowulf en la primera parte de la historia o como un anciano de más de 60 en la segunda. Además, y pese a que todavía resulta evidente el uso de la computadora en la generación de la película, la belleza estética y el nivel de realismo de las imágenes digitales quitan el aliento.

Pero claro, esta no es más que una opción de forma que no altera lo más importante de la película: que se trata de una buena historia bien contada. Aunque no podemos olvidar que, sobre todo en el cine, la forma es a veces más importante que el fondo. Porque el cine es imagen, y en este caso, la imagen es digital.

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