Irlanda. Esa isla llena de católicos a punto de sacarse los ojos entre ellos porque no consiguen ponerse de acuerdo sobre cómo expulsar a los británicos: si a patadas en el culo o por un decreto supremo. Esa isla llena de *pobres* e *inocentes* campesinos que viven bajo el yugo de los *crueles* y *despiadados* británicos. Este es, en líneas muy groseras, el argumento de la, a mi parecer, sobrevalorada película de Ken Loach El viento que acaricia el prado, o The Wind That Shakes the Barley, un título que se acomoda más a la crudeza de la historia.Seguramente me ganaré más de una pifia por ariscar la nariz con una película que ganó la Palma de Oro en Cannes, que fue alabada por la crítica británica y fue nominada a dos premios en la tierra de Churchill. Y sin embargo ya resulta sospechoso que una película que trata sobre la opresión británica sobre su isla vecina haya sido tan bien recibida por los mismos que, apenas ochenta y tantos años antes, mataban a esos "bloody irishs" por no querer decir su nombre en inglés.
Lo que me pateó de entrada fue ver a los británicos como un remedo de nazis en película de Spielberg. Es decir, malos malosos, soldados que, como orcos de Sauron, matan irlandeses porque se les viene en gana y se comen las uñas de sus prisioneros al desayuno. Me parece que ya estamos bastante grandecitos como para que nos puedan engrupir con el cuento de la rebelión contra el malvado Imperio. Eso queda bien en una película de Lucas, pero no en un relato que tiene sustento histórico.
Lo otro que me molestó fue la decisión del director por dejar de lado los personajes (que se muestran como simples arquetipos del conflicto irlandés-británico) en beneficio de un retrato más o menos acabado de las consecuencias políticas y sociales que tuvo en Irlanda la aceptación del "tratado de paz" con Inglaterra. Las consecuencias subsisten hasta hoy: una Irlanda dividida entre norte y sur, sometida al poder de la corona británica, herida por el terrorismo y los fanatismos político-religiosos.
Sin embargo, incluso estos interesantes conflictos se tratan en la película de un modo más bien anecdóctico con un niño hambriento por acá, una discusión política por acá, y el enfrentamiento entre dos hermanos que, aunque se aman, deben luchar a muerte entre ellos porque uno es del IRA y el otro el equivalente irlandés de la Concertación. Pero cuando termina la película, no pude ni sentir lástima por la historia de los personajes (nunca llegué a conocerlos lo suficiente como para quererlos o sentirme identificado con su conflicto), ni obtener un retrato bien perfilado del conflicto irlandés. Además, teniendo en cuenta lo caricaturescamente "malvados" que aparecen los británicos, uno tiene todo el derecho del mundo a sospechar que los irlandeses no son simplemente un bondadoso pueblo oprimido que ha tenido que llegar al extremo de recurrir a las armas para expulsar a sus invasores.
Pero como no todo puede ser malo, debo rescatar un par de cosas que sí me impresionaron de la película.
Primero, su fotografía, sobre todo en los momentos en que captaba la majestuosidad del paisaje irlandés: esas colinas pedregosas cubiertas de arbustos chatos incapaces de convertirse en bosques a causa del viento que acaricia el prado (más que caricia debe ser una bofetada).
Segundo, hay momentos de la película que están maravillosamente logrados, gracias a su intensidad dramática como al manejo de la tensión. Una de ellas es, por ejemplo, la escena en que nuestro protagonista se ve obligado a matar a su amigo de infancia porque ha "traicionado" la causa del IRA. Además del momento mismo, está el relato que el protagonista hace de cuando guía a la madre de su amigo a la tumba del muchacho -momento que se conecta con el final de la película, cerrando el bucle-.
Tercero, la película deja un cierto deseo por conocer más sobre la historia de Irlanda e informarse de los procesos y tormentos que ha vivido la isla de los Leprechauns. Es decir, despierta en el espectador el interés por conocer una historia que no nos es demasiado ajena: un proceso similar se vivió en el Chile de fines de la década de 1980 y comienzos de 1990, cuando los grupos revolucionarios se vieron aplastados por los institucionalistas, que sacaron al dictador jugando bajo sus reglas, lo que ligó a la Concertación a entregar un sinnúmero de vergonzosas concesiones y amnistías.
Pese a lo anterior, la película fue incapaz de convencerme -aunque por todos lados me presionan para que reconozca lo "buena" que es- y todavía me pregunto cuál es la pieza que no encaja del todo en una producción que parece tan bien lograda.
1 comentario:
yep yep... creo que le faltó una escala de grises a la pei, como que todo era muy en blanco y negro.
Me gustó su comentario, qué quiere que le diga... totalmente acertado y pertinente.
Miles de besitos
Ylla
Publicar un comentario