Por razones curriculares, el otro día se me ocurrió que una buena película para mostrarle a mis alumnos de Tercero Medio era Oldboy, una película coreana que dejó alucinando a Quentin Tarantino.Razones sobran: una historia de venganza sanguinaria, un misterio al parecer sin sentido, y un final de antología que ha dejado turuleco a más de un espectador occidental.
El protagonista es Oh Dae-su, un hombre común y, al parecer, sin nada extraordinario en su pasado. Sin embargo, y sin que sepamos por qué, alguien lo encierra en una habitación, perdiendo todo contacto humano durante 15 años. Su único contacto con el mundo es la televisión. Por supuesto, cuando finalmente sale de su extraña prisión, empieza a dejar un reguero de sangre buscando una respuesta a su encierro.
Hasta aquí, todo parece una mezcla entre Kafka, Kill Bill y el flaquito perezoso de Se7en. Pero el asunto es bastante menos romántico. De hecho, a medida que la película avanza nos empezamos a dar cuenta de que la historia es mucho más trágica y truculenta... Pero mejor no les adelanto nada bajo pena de echarles a perder la película.
Bueno, como buenos adolescentes de colegio, los cabros chicos de mis alumnos todavía no han captado el rollo dramático detrás de la película y simplemente se ríen cuando aparece en pantalla "el chino medio bruto que agarra a la gente a martillazos". Se carcajean nerviosos cuando ven la escena de sexo y se tapan los ojos cuando a alguien le sacan los dientes con el mismo martillo. Y se ríen también cuando el coreano se ríe, aunque su risa en realidad denota el más descarnado de los patetismos.
"Ríe, y el mundo reirá contigo; llora, y llorarás solo".
Este parece ser el lema de nuestro bestial y poco astuto Oh Dae-su, quien se deja guiar por las pistas de su antagonista como un caballo siguiendo una zanahoria en una caña de pescar. La verdad es que sus esfuerzos son tan torpes, sus deducciones tan obvias y sus decisiones tan poco acertadas, que a nosotros, espectadores, no nos queda más que lamentar la patética suerte de alguien que está demasiado enrabiado para pensar un poco antes de actuar.
El personaje nos genera simpatía porque, a fin de cuentas, parece ser un juguete del destino (o, en este caso, de un antagonista muchísimo más astuto y paciente que él) y nos sentimos muy identificados con su rabia ciega y su trágica historia. Pero claro, estas sutilezas son difíciles de captar para un adolescente que sólo piensa en reggaetón, minas y el Yingo (que es una mezcla de las dos anteriores). Para ellos, todos los asiáticos son chinos, toda la violencia se parece a Dragonball Z, las películas tienen que verse habladas en inglés y si un personaje se ríe, entonces uno como espectador también debe reírse.
*Sigh*La tele, a fin de cuentas, como dicen González Requena y Bourdieu, es la que crea el mundo que consideramos real. No es que nos idiotice, como decía mi abuelita, sino que nos limita nuestra visión de mundo y nos enseña a entender sólo las cosas más obvias, que nos enseñan con imágenes, manzanitas y voz en off (todo junto). Algo así como un documental de Sergio Nuño, pero aplicado a todo tema imaginable: desde las injusticias sociales hasta cómo se hacen los implantes mamarios. Y todo esto debe acompañarse con la banda sonora adecuada: si va a presentar una escena de violencia callejera estudiantil, debe usar heavy-metal; si va a presentar gags tipo slapstick, debe usar la música de Benny Hill; si va a contar un chiste, deben haber risas en off o en cámara (si no, la gente no sabe que hay que reírse); si va a mostrar una escena trágica, debe escucharse el soundtrack de la Teletón de fondo.
Y así sucesivamente.
Por eso no resulta raro que Oh Dae-su, luego de 15 años comunicándose sólo con la tele, se comporte como un bruto carente de la más mínima sutileza. Por eso no me extraña que mis alumnos sean incapaces de distinguir entre una risa patética y una risa cómica, o que no puedan entender que una escena ultra-violenta pueda ir acompañada de simple silencio o de una pieza de Vivaldi.
No es que la tele nos haga idiotas, es que nos quita la habilidad distinguir la ironía, el doble sentido y la ambigüedad. Al menos las que no nos explica Sergio Lagos.
