domingo, 28 de octubre de 2007

Chasing Amy: cazadores de la inocencia perdida

Si alguna vez me convirtiera en cineasta, desearía ser como Kevin Smith. Smith tiene empuje: puede hacer una película de culto con un presupuesto cien veces inferior a lo que cobra un actor secundario en Hollywood, trabajando con un equipo de amigos, creando un balance asombroso entre el humor inteligente y los chistes de poto, construyendo personajes atractivos, llenos de dicotomías y, sobre todo, escribiendo algunos de los mejores diálogos de la historia del cine.

Banky dirigiéndose a una lesbiana: como te gustan las mujeres, te la pasas mirándote al espejo desnuda, ¿cierto?

Quizás Kevin Smith no tiene un gran manejo de la cámara y los planos (en escenas donde se suplica por un primer plano él insiste en usar un plano conjunto), no sabe cómo trabajar las escenas de acción (las trata como si fuesen peleas en una obra de teatro) y ama demasiado los garabatos y los chistes de sexo como para hacer una película “todo espectador” (algo esencial para triunfar en Estados Unidos). Sin embargo, Smith tiene empuje: puede hacer una película de culto con un presupuesto cien veces inferior a lo que cobra un actor secundario en Hollywood, trabajando con un equipo de amigos entre los que se cuentan actores reconocidos (Jason Lee, Matt Damon, Ben Affleck, Alan Rickman, Chris Rock, Salma Hayek e incluso Alanis Morissette), creando un balance asombroso entre el humor inteligente y el humor escatológico, construyendo personajes atractivos, llenos de dicotomías y, sobre todo, escribiendo algunos de los mejores diálogos de la historia del cine.

Holden: Tal como decía mi abuela, “el dinero de verdad está en el pene y los chistes de peo”. Era de misas todos los domingos.

Chasing Amy es quizás el trabajo más personal y más conmovedor de Smith (algo tiene que ver el que Smith tuviera una relación sentimental con la protagonista y que intentaba retratar lo que vivió en la realidad). Aquí, los chistes burdos están al servicio de una historia mucho más compleja, en la que se cruzan la amistad, el amor verdadero y las trancas sexuales. Estos elementos son la harina de cualquier comedia romántica, es cierto, y Chasing Amy se presenta como una película del género. Pero, aunque de comedia y de romántica tiene mucho, la historia no puede ser más seria. Y es que Kevin Smith parece entender que el amor, al menos el amor verdadero, es trágico, y es eso lo que nos saca risas... Si no lo estamos viviendo nosotros, claro.

Para evitar los spoilers, procederé simplemente a desmembrar el argumento y los temas del filme: un amor verdadero enfrentado a los celos del mejor amigo, la condena social y la incapacidad del protagonista para lidiar con sus propias inseguridades. Todo situado en el submundo de los escritores de cómics cruzado con la homosexualidad, el racismo y las discriminaciones al interior de este mundo. Como explica Hooper, un escritor de cómics negro y homosexual:

Hooper: Cariño, no me hables de esa mierda del “todos para uno”. Soy una minoría, de una minoría, de una minoría: nadie soporta mi culo.

Los diálogos, inteligentes y divertidos, nos hablan de una sociedad reprimida, marcada por las preguntas que no se atreve a hacerse y la hipocresía de los que no quieren ver lo que realmente pasa en su propia casa. Es por ello que Holden y Banky, unos protagonistas bastante ingenuos, quedan tan fascinados escuchando las proezas sexuales de una lesbiana que les explica que “follar” también es aplicable al sexo lésbico, o que perder la virginidad no tienen ninguna relación con el pene.

Alyssa: Déjame preguntarte algo, ¿puede un hombre follar a otro?
Banky: ¿Me estás pidiendo permiso o qué?
Alyssa: Según lo que tú crees.
Banky: Sí, claro que sí.
Alyssa: Entonces para ti follar es penetrar. Estás acostumbrado a la definición más tradicional: tú, con una chica que engrupiste, metiéndola y sacándola, sin darte cuenta de su mirada de aburrimiento.
Banky: Hey, siempre me doy cuenta de su mirada de aburrimiento.

Pero también están las preguntas sobre el amor verdadero, sobre los caminos que escogemos en la vida y el estigma que significan muchas de nuestras decisiones: el estigma de maraca, de racista, de nerd, de puta. No todos tienen la suerte de caminar por un sendero bien demarcado: la mayoría debe vagar por el campo sin rumbo fijo hasta que descubren por sus propios medios (y luego de muchos fracasos y sufrimientos) dónde está su destino, dónde desean ir en verdad.

Hay sociedades, como la estadounidense, que ven el fracaso como el peor de los destinos, como el fin de todo, y son incapaces de pensar en el fracaso como un gran aprendizaje y primer paso de un nuevo comienzo. Lo cierto es que muchos de nosotros le tenemos miedo a los que han fracasado y siguen adelante, porque tienen una experiencia y una fortaleza de espíritu que la gran mayoría, los mediocres de siempre, no tenemos. Y es esto lo que hace tan grande y tan atractivo el personaje de Alyssa (Joey Lauren Adams, quien se roba la película pese a su insoportable voz): es una mujer que ha madurado y ha ganado seguridad en sí misma a través de sus errores y, por lo tanto, no lamenta haberlos cometido.

En el otro extremo están Holden (un correcto aunque liviano Ben Affleck), nuestro enamorado de lo imposible, y Banky (interpretado por el magnífico y subvalorado Jason Lee), el otro eje del conflicto, un hombre pasivo-agresivo que nunca devela con claridad lo que piensa y cuyas maquiavélicas acciones lo convierten en una especie de antagonista. La candidez de estos amigos inseparables, criados en colegio católico, sólo es comparable a su ineptitud para lidiar con situaciones que se escapan de lo cotidiano. Son, a fin de cuentas, jóvenes inseguros, que aún no han aprendido a aceptarse como son y que cargan pesadamente el estigma de haber sido ñoños amantes del cómic.

Y bueh... Pueden imaginarse el resto. Y si no, vean la película. Y si se lo imaginan, véanla también. Quizás no sea una gran película, pero dentro de su pequeñez Chasing Amy ha conseguido superar la barrera de los diez años que convierten una pequeña película en una gran pequeña película.

El único problema es que, como todas las películas de Smith, no es fácil conseguirla. Pero si son ñoños, es más que probable que entre sus amistades haya un fan del director dispuesto a prestárselas.

Banky saca un montón de revistas pornográficas de su bolso
Holden: ¡Dios mío! ¿Quién te crees que eres? ¿El puto Larry Flynt? ¿Qué piensas hacer con todo eso?
Banky: Leer los artículos. ¿Qué crees que voy a hacer con ellas? ¡Son revistas para masturbarse, idiota!

viernes, 12 de octubre de 2007

El viento que abofetea el pastizal

Irlanda. Esa isla llena de católicos a punto de sacarse los ojos entre ellos porque no consiguen ponerse de acuerdo sobre cómo expulsar a los británicos: si a patadas en el culo o por un decreto supremo. Esa isla llena de *pobres* e *inocentes* campesinos que viven bajo el yugo de los *crueles* y *despiadados* británicos. Este es, en líneas muy groseras, el argumento de la, a mi parecer, sobrevalorada película de Ken Loach El viento que acaricia el prado, o The Wind That Shakes the Barley, un título que se acomoda más a la crudeza de la historia.

Seguramente me ganaré más de una pifia por ariscar la nariz con una película que ganó la Palma de Oro en Cannes, que fue alabada por la crítica británica y fue nominada a dos premios en la tierra de Churchill. Y sin embargo ya resulta sospechoso que una película que trata sobre la opresión británica sobre su isla vecina haya sido tan bien recibida por los mismos que, apenas ochenta y tantos años antes, mataban a esos "bloody irishs" por no querer decir su nombre en inglés.

Lo que me pateó de entrada fue ver a los británicos como un remedo de nazis en película de Spielberg. Es decir, malos malosos, soldados que, como orcos de Sauron, matan irlandeses porque se les viene en gana y se comen las uñas de sus prisioneros al desayuno. Me parece que ya estamos bastante grandecitos como para que nos puedan engrupir con el cuento de la rebelión contra el malvado Imperio. Eso queda bien en una película de Lucas, pero no en un relato que tiene sustento histórico.

Lo otro que me molestó fue la decisión del director por dejar de lado los personajes (que se muestran como simples arquetipos del conflicto irlandés-británico) en beneficio de un retrato más o menos acabado de las consecuencias políticas y sociales que tuvo en Irlanda la aceptación del "tratado de paz" con Inglaterra. Las consecuencias subsisten hasta hoy: una Irlanda dividida entre norte y sur, sometida al poder de la corona británica, herida por el terrorismo y los fanatismos político-religiosos.

Sin embargo, incluso estos interesantes conflictos se tratan en la película de un modo más bien anecdóctico con un niño hambriento por acá, una discusión política por acá, y el enfrentamiento entre dos hermanos que, aunque se aman, deben luchar a muerte entre ellos porque uno es del IRA y el otro el equivalente irlandés de la Concertación. Pero cuando termina la película, no pude ni sentir lástima por la historia de los personajes (nunca llegué a conocerlos lo suficiente como para quererlos o sentirme identificado con su conflicto), ni obtener un retrato bien perfilado del conflicto irlandés. Además, teniendo en cuenta lo caricaturescamente "malvados" que aparecen los británicos, uno tiene todo el derecho del mundo a sospechar que los irlandeses no son simplemente un bondadoso pueblo oprimido que ha tenido que llegar al extremo de recurrir a las armas para expulsar a sus invasores.

Pero como no todo puede ser malo, debo rescatar un par de cosas que sí me impresionaron de la película.

Primero, su fotografía, sobre todo en los momentos en que captaba la majestuosidad del paisaje irlandés: esas colinas pedregosas cubiertas de arbustos chatos incapaces de convertirse en bosques a causa del viento que acaricia el prado (más que caricia debe ser una bofetada).

Segundo, hay momentos de la película que están maravillosamente logrados, gracias a su intensidad dramática como al manejo de la tensión. Una de ellas es, por ejemplo, la escena en que nuestro protagonista se ve obligado a matar a su amigo de infancia porque ha "traicionado" la causa del IRA. Además del momento mismo, está el relato que el protagonista hace de cuando guía a la madre de su amigo a la tumba del muchacho -momento que se conecta con el final de la película, cerrando el bucle-.
Tercero, la película deja un cierto deseo por conocer más sobre la historia de Irlanda e informarse de los procesos y tormentos que ha vivido la isla de los Leprechauns. Es decir, despierta en el espectador el interés por conocer una historia que no nos es demasiado ajena: un proceso similar se vivió en el Chile de fines de la década de 1980 y comienzos de 1990, cuando los grupos revolucionarios se vieron aplastados por los institucionalistas, que sacaron al dictador jugando bajo sus reglas, lo que ligó a la Concertación a entregar un sinnúmero de vergonzosas concesiones y amnistías.

Pese a lo anterior, la película fue incapaz de convencerme -aunque por todos lados me presionan para que reconozca lo "buena" que es- y todavía me pregunto cuál es la pieza que no encaja del todo en una producción que parece tan bien lograda.