viernes, 20 de julio de 2007

"La lengua de las mariposas" o el fusilamiento posmoderno


La lengua de las mariposas es una de esas películas que, a los minutos de empezar a verla, el espectador ya sabe que la historia no puede terminar bien. El pueblito de Galicia donde se ambienta es demasiado bucólico; su protagonista demasiado inocente; el maestro demasiado idealista; y el contexto histórico es una bomba de tiempo: la España de los años 1930, con la guerra civil a punto de estallar.

Es cierto, el espectador puede olfatear el final trágico porque la película cumple con todos los requisitos dramáticos para desembocar en él. Pero más importante que esto, el desenlace está marcado por el idealismo de don Gregorio, el maestro de Moncho.

Don Gregorio es demasiado viejo, demasiado republicano, demasiado liberal, demasiado ateo, demasiado inteligente, demasiado amable, demasiado empático para continuar con vida, ni en la película ni en el mundo real. Frases como “la libertad estimula el espíritu de los hombres fuertes”; “en los libros podemos refugiar nuestros sueños para que no se mueran de frío”; o “si logramos que una sola generación crezca libre en España, ya nadie podrá robarles su libertad” sellan la cita del maestro con el pelotón de fusilamiento.

En la antigua Grecia, lo habrían obligado a beber cicuta. En el siglo V d.C., los cristianos lo habrían desollado con caracolas afiladas. En el siglo XV, la Inquisición lo habría quemado en la hoguera. Los colonos norteamericanos del siglo XVIII quizás lo habrían linchado. Los bolcheviques lo habrían mandado a Siberia, los nazis a un campo de concentración y la CNI lo habría ejecutado antes de que saliera de su casa para ir al colegio.

¿Por qué?

Porque no hay nada más peligroso que un maestro que enseña a sus alumnos a pensar. Seamos serios. Nadie, ni siquiera los ideólogos de la reforma educacional o los impávidos defensores del modelo cognitivo, espera forjar una generación de jóvenes con un pensamiento crítico. Al menos no demasiado. Un joven que piensa y reflexiona sobre cada aspecto de su mundo es la semilla de un adulto con la capacidad para destruir cada una de las pequeñas injusticias que conforman nuestro imperfecto, pero al menos estable mundo: el sistema educativo, el sistema de gobierno, los modos de producción, la distribución de la riqueza, la enemistad entre hermanos... El ser humano, sin importar lo que digan las encuestas, es un animal de costumbres, un ser naturalmente conservador. Toda alteración de su modo de vida lo aterroriza. Incluso los que nada poseen tienen, potencialmente, mucho que perder si cambia el mundo. Si somos incapaces de predecir el colapso económico y social que significaría el agotamiento de las reservas de petróleo, ¿cómo podemos imaginar siquiera lo que significaría cambiar el sistema político? ¿O abolir las clases sociales? No creo conocer mucha gente que estaría dispuesta a arriesgarse: como bien dice el dicho, “más vale diablo conocido que diablo por conocer”. Por todas estas razones, el personaje de don Gregorio está condenado desde el inicio de la película. Un profesor así no debe existir ni en esa historia, ni en ningún otro momento de la civilización humana. Es cierto que, en principio, un personaje como él sólo sería un tipo pintoresco, algo repulsivo para sus pares, pero inofensivo. Después de todo, pertenece a una minoría que poco puede influir en el mundo. De hecho, es muy probable que sus alumnos retornen al buen camino en cuanto se alejen de su mala influencia. Pero también es cierto que la sociedad no pueda descuidarse: el aleteo de una mariposa en Australia puede provocar un huracán en Japón. Por esto, se debe neutralizar ese elemento potencialmente peligroso cuanto antes. Antes se les mataba. Ahora somos civilizados: se les jubila anticipadamente, se les implica en un caso judicial del que es inocente (como una falsa denuncia por pedofilia), se le ponen grandes trabas para ingresar a trabajar, se le desacredita ante la comunidad de profesores... Así, no nos mancharemos las manos con sangre: basta con dejar que se muera de hambre, de resentimiento y soledad.

viernes, 13 de julio de 2007

¿Y si George Lucas hubiese dirigido El Señor de los Anillos?

Un mal día, mientras veía extasiado el making of de El Señor de los Anillos se me ocurrió esa apocalíptica idea. ¿Qué habría pasado si una copia de la obra de Tolkien hubiese caído en manos del estafador de la galaxia muy, muy lejana?

¿Se lo imaginan utilizando los millones de dólares que le hemos metido en el bolsillo comprando figuritas, tazones, stickers, maquetas, miniaturas y películas originales para llevar al cine la Guerra del Anillo? Pues yo sí puedo, y me da mucho susto. Agradezco infinitamente que el ñoño de Peter Jackson (y uso aquí "ñoño" como un halago) haya tomado la iniciativa y rodara esa magnífica trilogía que todavía me emociona cada vez que la veo.
Me extraña que a Lucas no se le haya ocurrido la idea. O qu
e por lo menos no se lo propusiera a su buen amigo Spielberg. Después de todo, El Señor de los Anillos tiene todos los elementos que hicieron exitosa a La guerra de las galaxias: la lucha del bien contra el mal, algunos villanos de antología, la gesta heroica que busca destruir el artefacto maligno (ya sea un anillo o una estrella mortal), el personaje místico en busca de su herencia (Aragorn-Luke), los personajes cómicos, princesas, batallas épicas y todo lo demás. Quizás simplemente Lucas no creyó posible llevar a la pantalla una obra de 1.200 páginas, cargadas de personajes y situaciones que no tienen ninguna relación con la trama principal, con un idioma inventado, nombres impronunciables... Demasiado complejo para su mente californiana.
Aún así, la idea da para especular. Si Lucas hubiese sido el director de El Señor de los Anillos, Frodo habría sido interpretado por Warwick Davis (el de la película Willow, que ya era una especie de Señor de los Anillos versión Disney) y habría sido un aprendiz de hechicero bajo la tutela de Gandalf. Sin embargo, Gandalf habría renunciado rápido al entrenamiento de hechicero de Frodo para dedicarse mejor a Aragorn, quien tiene una mayor concentración de midicloreans... Perdón, de sangre real y por lo tanto de poderes especiales. En la posada de Bree habría habido algunos goblins tocando flauta y saxo. Antes de conocer a los hobbits, Aragorn habría matado a un hombre lagarto cazarrecompensas (no hay que olvidar que la cabeza de Aragorn tiene precio, porque le debe una buena cantidad de monedas de oro a Saruman). Los jinetes oscuros tendrían telekinesis y podrían controlar la mente de los humanos. Los orcos usarían armaduras blancas con cascos ridículos que les limitarían la visión periférica. La pelea de Gandalf y Saruman sería... bueno, igual a la de la película. Aragorn sería convertido en piedra por un basilisco, quien lo vendería a Saruman y exhibiría su estatua en la torre de Orthanc. Por su parte, Arwen se disfrazaría de bailarina árabe para seducir al brujo e intentar el rescate. Gimli sería más peludo y hablaría con gruñidos, Gollum sería algo muy cercano a un ewok tiñoso (pelado, cubierto de llagas, con los ojos aún más grandes y los dientes amarillos) y en la batalla final, Aragorn y los personajes con nombre en los créditos entrarían a la torre de Barad-dûr para destruir el generador... Digo, el pilar principal, el soporte de toda la torre.
Ah, y no se nos puede olvidar que Aragorn es en realidad el hijo perdido de Sauron, ya que Sauron antes era un hechicero del bien pero se dejó corromper por el mal y abandonó a la mujer que amaba. Y cuando Sauron se convirtió en señor oscuro, lloró
por última vez gritando el nombre de su mujer: "¡Nooooooo! ¡Padmeeeee!, digo, ¡Gilraen!" (porque como todos saben, Sauron es en realidad Arathorn corrompido por el Lado Oscuro de la magia).
Y bien, ya es suficiente jugo por hoy. Les dejo el espacio abierto para que especulen sobre los posibles efectos que habría tenido la dirección de George Lucas en la filmación de El Señor de los Anillos. Disfrútenlo.