
La lengua de las mariposas es una de esas películas que, a los minutos de empezar a verla, el espectador ya sabe que la historia no puede terminar bien. El pueblito de Galicia donde se ambienta es demasiado bucólico; su protagonista demasiado inocente; el maestro demasiado idealista; y el contexto histórico es una bomba de tiempo: la España de los años 1930, con la guerra civil a punto de estallar.
Es cierto, el espectador puede olfatear el final trágico porque la película cumple con todos los requisitos dramáticos para desembocar en él. Pero más importante que esto, el desenlace está marcado por el idealismo de don Gregorio, el maestro de Moncho.
Don Gregorio es demasiado viejo, demasiado republicano, demasiado liberal, demasiado ateo, demasiado inteligente, demasiado amable, demasiado empático para continuar con vida, ni en la película ni en el mundo real. Frases como “la libertad estimula el espíritu de los hombres fuertes”; “en los libros podemos refugiar nuestros sueños para que no se mueran de frío”; o “si logramos que una sola generación crezca libre en España, ya nadie podrá robarles su libertad” sellan la cita del maestro con el pelotón de fusilamiento.
En la antigua Grecia, lo habrían obligado a beber cicuta. En el siglo V d.C., los cristianos lo habrían desollado con caracolas afiladas. En el siglo XV, la Inquisición lo habría quemado en la hoguera. Los colonos norteamericanos del siglo XVIII quizás lo habrían linchado. Los bolcheviques lo habrían mandado a Siberia, los nazis a un campo de concentración y la CNI lo habría ejecutado antes de que saliera de su casa para ir al colegio.
¿Por qué?
Porque no hay nada más peligroso que un maestro que enseña a sus alumnos a pensar. Seamos serios. Nadie, ni siquiera los ideólogos de la reforma educacional o los impávidos defensores del modelo cognitivo, espera forjar una generación de jóvenes con un pensamiento crítico. Al menos no demasiado. Un joven que piensa y reflexiona sobre cada aspecto de su mundo es la semilla de un adulto con la capacidad para destruir cada una de las pequeñas injusticias que conforman nuestro imperfecto, pero al menos estable mundo: el sistema educativo, el sistema de gobierno, los modos de producción, la distribución de la riqueza, la enemistad entre hermanos... El ser humano, sin importar lo que digan las encuestas, es un animal de costumbres, un ser naturalmente conservador. Toda alteración de su modo de vida lo aterroriza. Incluso los que nada poseen tienen, potencialmente, mucho que perder si cambia el mundo. Si somos incapaces de predecir el colapso económico y social que significaría el agotamiento de las reservas de petróleo, ¿cómo podemos imaginar siquiera lo que significaría cambiar el sistema político? ¿O abolir las clases sociales? No creo conocer mucha gente que estaría dispuesta a arriesgarse: como bien dice el dicho, “más vale diablo conocido que diablo por conocer”. Por todas estas razones, el personaje de don Gregorio está condenado desde el inicio de la película. Un profesor así no debe existir ni en esa historia, ni en ningún otro momento de la civilización humana. Es cierto que, en principio, un personaje como él sólo sería un tipo pintoresco, algo repulsivo para sus pares, pero inofensivo. Después de todo, pertenece a una minoría que poco puede influir en el mundo. De hecho, es muy probable que sus alumnos retornen al buen camino en cuanto se alejen de su mala influencia. Pero también es cierto que la sociedad no pueda descuidarse: el aleteo de una mariposa en Australia puede provocar un huracán en Japón. Por esto, se debe neutralizar ese elemento potencialmente peligroso cuanto antes. Antes se les mataba. Ahora somos civilizados: se les jubila anticipadamente, se les implica en un caso judicial del que es inocente (como una falsa denuncia por pedofilia), se le ponen grandes trabas para ingresar a trabajar, se le desacredita ante la comunidad de profesores... Así, no nos mancharemos las manos con sangre: basta con dejar que se muera de hambre, de resentimiento y soledad.


